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Kiyoshi Takahashi, ca. 1988.
 

 

El misticismo de la escultura japonesa en México: Kiyoshi Takahashi


A partir de 1958, cuando visitó por primera vez la ciudad de Jalapa, Veracruz, el escultor japonés comenzó una larga relación artística y académica con México, interesado por lo prehispánico, la forma de vida del país, su naturaleza y su gente. Incluso fue profesor y jefe del Departamento de Escultura de la Universidad Veracruzana.

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MARÍA TERESA FAVELA FIERRO HISTORIADORA DEL ARTE
Investigadora del Cenidiap
terefavela1@hotmail.com




México ha recibido, en diferentes épocas, a diversos pintores, escultores y grabadores provenientes de varias ciudades del Japón.(1) Se podrían mencionar a Kiyoshi Takahashi, originario de la prefectura de Niigata; Masaru Goji, de Osaka; Kiyota Ota, de Nagasaki, y Sukemitzu Kaminaga, de Tokio. Con excepción del primero, los demás se establecieron definitivamente en el país, se integraron al medio cultural mexicano y asimilaron en particular el arte prehispánico, aunque al mismo tiempo aportaron su bagaje artístico nipón.

Durante la segunda Guerra Mundial México y Japón fueron enemigos y durante dicho conflicto se rompieron las relaciones diplomáticas; en 1951 se reanudaron y se firmó un convenio cultural. Como un suceso conmemorativo de este hecho, nació la idea de llevar a Japón una gran muestra que se inauguraría en una primera escala en París, Francia, en 1952. La exposición de Arte Mexicano (Mekishiko bijutsu-ten) se presentó en el Museo Nacional de Tokio del 10 de septiembre al 20 de octubre de 1955 con mil obras en total, en la cual se incluyó el arte prehispánico, colonial y contemporáneo. Lo anterior atrajo y admiró a muchos artistas nipones que buscaban información sobre arte no occidental, ya que en décadas anteriores el arte japonés se encontraba inmerso en la asimilación de las vanguardias, principalmente de los países europeos.(2) Kiyoshi Takahashi entró en contacto con el arte plástico mexicano a través de esa exhibición y en 1958 llegó a nuestro país.

 

Kiyoshi Takahashi

Escultor de pequeño formato y monumental urbano, pintor y grabador, nació en la prefectura de Niigata en 1925. Antes de dedicarse a la actividad plástica fue testigo de la segunda Guerra Mundial y del lanzamiento sobre Hiroshima de la primera bomba atómica. En ese mismo año se graduó en la Academia Naval. De 1947 a 1953 estudió en la Universidad de Arte de Tokio. En 1950 participó en la Exposición de Artistas Unidos de la prefectura de Niigata y obtuvo el Primer Premio de Cultura Shinseisaku (Movimiento Antiacadémico de Artistas Japoneses), que lo seleccionó entre sus nueve mejores exponentes.

Su educación fue sólida, con una formación artística occidentalizada pero al mismo tiempo enriquecida por el conocimiento de las antiguas tradiciones artesanales japonesas y por la profundización de la filosofía zen, que mantiene que la esencia de Buda se encuentra en todas las cosas, por lo que los artistas buscaron a través de sus temas comunicar la unidad visual y espiritual con la naturaleza.

Enseñanza occidental, formación interior procedente de la reflexión zen que le permitía elaborar la experiencia de vida y un entrenamiento en las formas tradicionales japonesas de enfrentar los diversos materiales, era el bagaje que como escultor tenía Takahashi cuando en 1957 obtuvo el premio al mejor artista joven y el galardón de la alcaldía de Osaka en la exposición Shinseisaku. Entonces decidió viajar a México, atraído por la fama de su arte contemporáneo y, sobre todo, por la escultura prehispánica.

Llegó a la ciudad de Jalapa, Veracruz, en 1958. Kiyoshi nunca dejó de viajar, tanto a Japón como a otras partes del mundo, siempre regresando a México, porque “me interesa lo prehispánico, la vida de México, su naturaleza y su gente”. La primera vez que llegó al país fue muy bien recibido por Alberto Gironella, Pedro Coronel, Manuel Carballido y Jorge Alberto Manrique.(3) “Buenos amigos, buena época”, manifestó el escultor japonés.(4) Un año después de su arribo a Jalapa exhibió esculturas, dibujos y grabados en la galería Los Petules, con la asistencia de altas personalidades tanto diplomáticas como culturales.

El artista reconoció la gran influencia que el arte prehispánico ejerció sobre su producción escultórica. En el rubro “humano, místico y libre” que vislumbró en el arte de las culturas ancestrales, en el de los muralistas, pero también en aquellos pintores que surgieron en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, quienes plantearon nuevos caminos en la práctica y que lo influyeron para hacer una obra en la que también está presente la tradición del arte japonés. Sus influencias más evidentes las encontramos en Constantin Brancusi, Henry Moore y Ossip Zadkine.

Tal fue el impacto que su obra provocó en el ámbito artístico mexicano que logró, en 1960, exponer individualmente en el Museo Nacional de Arte Moderno en el Palacio de Bellas Artes. Rufino Tamayo comentó en el catálogo de la muestra sobre Takahashi:

Viene de muy lejos, de un país de gloriosa tradición, pero su inquietud lo ha lanzado a escudriñar nuevos horizontes para enriquecer su acervo, pues no está conforme tan sólo con su herencia. Joven escultor cuyo esfuerzo rompió ya el grueso muro localista para entrar de lleno en la universalidad que es la meta del arte. Estoy seguro de que su convicción lo ha de fortalecer, llevándolo al éxito. Que su ejemplo sirva de estímulo a nuestros jóvenes también inconformes. Yo lo saludo con toda mi simpatía.(5)

Tamayo no se equivocó, pues el artista japonés dejó un innegable legado artístico entre sus alumnos, ya que en 1962 fue nombrado profesor y jefe del Departamento de Escultura de la Universidad Veracruzana, en Jalapa; además, desde 1961 hasta 1963 dicha institución lo contrató para realizar una serie de trabajos escultóricos. Su alumno de aquel tiempo, el escultor Rafael Villar, da cuenta de su experiencia con el maestro Takahashi cuando afirma que “puso a Jalapa en el mapa de la escultura moderna, sembró sus árboles del desierto en esa institución”.(6) Así, los escultores jóvenes de ese entonces, de la llamada generación de la Ruptura, que comenzaban a despuntar hacia finales de la década de 1950, encontraron en el artista una veta de inspiración; él, a su vez, se identificó con ellos.

La Universidad Veracruzana comenzaba un proyecto en algún sentido novedoso, cuando Kiyoshi empezó a impartir clases. En México “no sólo encontró su admirada escultura azteca, olmeca o totonaca, que estudió y analizó concienzudamente, sino que encontró gente y modos de vida muy diferentes a los de su tierra; encontró una naturaleza diversa, nunca antes vista. Todo ello constituiría su experiencia mexicana, que le afectó profundamente y que marcaría el desarrollo de su obra personal.”(7) El panorama de la escultura en México en esos años no era muy halagüeño, a excepción de las aportaciones estéticas de dos grandes solitarios poco valorados: Germán Cueto y Waldemar Sjölander, además de, por supuesto, Mathias Goeritz, y de ahí hasta los jóvenes de entonces Manuel Felguérez, Ángela Gurría, Geles Cabrera, Jorge Du Bon, el alemán Herbert Hoffman y el francés Olivier Seguin, entre otros.

Durante la década de 1960, el Instituto Nacional de Bellas Artes organizó una serie de Bienales de Escultura que coadyuvaron a posicionar los nuevos lenguajes escultóricos; en estos concursos el artista participó y obtuvo el Premio La Venta en 1964, y en 1967 el Segundo Premio en la sección de Escultura Monumental Urbana. Cabe subrayar que Kiyoshi también participó con una pieza en concreto en la Ruta de la amistad en 1968, en el marco de los XIX Juegos Olímpicos. Un año más tarde regresó a Japón y fue nombrado profesor de escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes. Realizó un monumento para la ciudad Perros Giurec en Francia y fue designado miembro honorario de la Academia Real de Bellas Artes de los Países Bajos.

En 1988 volvió a México porque el Museo Rufino Tamayo le organizó una exposición individual retrospectiva conformada por trabajos realizados tanto en México como en Japón durante las tres últimas décadas, en la que se puso de manifiesto la madurez de su lenguaje universal. Esta muestra representó un deber suyo con México, pero también un deber de México con él.

 

Obra escultórica

Su trabajo lo realizó en buena parte en la ciudad de Jalapa, donde maduró su estilo hacia elementos abstractos y geometrizantes, un excelente representante del arte no figurativo; Kiyoshi se destacó más por su escultura y sus dibujos que como pintor y grabador.

Su producción plástica de pequeño formato y monumental surgió de una penetrante espiritualidad. Su creación escultórica integra diferentes conceptos de arquitectura y naturaleza. Creó ámbitos que tienen un trasfondo contemplativo y que nos remiten a los orígenes de la esencia humana. El fundamento es mágico, es decir, es un sentimiento de profundidad que se embulle en sus esculturas e incita al observador a la reflexión.

Las esculturas de Kiyoshi dieron paso a la investigación de formas básicas, simples y, por lo tanto, esenciales, como resultado de una meticulosa observación. Su producción muestra una innegable raigambre de la cultura milenaria nipona, es decir, de un culto por la estética de la naturaleza. Su obra tiene características de monumentalidad “pero al mismo tiempo íntima, pues relaciona al hombre con su cosmos”.(8)

En la era del avance tecnológico, de materiales sintéticos utilizados para la escultura, el autor señalaba que: “Todavía trabajo la madera, pues nosotros (los japoneses) tenemos mucha tradición con ese elemento, pero repetir sólo las formas tradicionales es peligroso; en este momento el problema del mundo humano es cómo vamos a vivir el presente, pues necesitamos vitalidad y libertad para conocer la vida misma”.(9)

El artista tenía un profundo respeto hacia el material que utilizaba para crear sus esculturas y lo podemos constatar cuando sostenía que “La piedra es la médula de la tierra, y el escultor trabaja la piedra y hace surgir la vida que late en su entraña; entre el concepto de la obra y el material elegido era muy armonioso”,(10) pues la técnica que utilizan en la escuela de escultura japonesa, especialmente en piedra, es muy depurada. También empleó madera, bronce, hierro, acero, mármol, ónix, basalto y granito, con un respeto extraordinario a los requerimientos del material con que trabajaba.

Asimismo, y siguiendo también la tradición japonesa, el escultor embalaba sus obras de una forma especial: en una sábana blanca, “porque es nuestra costumbre, ya que cuando nace un niño o una niña, la primera vez que se le da ropa, debe ser limpia [...] siempre vuelve a nacer la escultura”.(11) El maestro estaba convencido que la escultura era parte de la vida diaria, y no solamente una fracción de su existencia.

Dejó en Jalapa una "escuela" de disciplina y humildad; es decir, rigor del artista consigo mismo y su conciencia y humildad frente al material con el que trabaja. Al llegar a México su obra tenía una línea expresionista ―era un artista figurativo― porque descifraba al ser humano fundiendo lo primitivo con un concepto contemporáneo del arte: una fuerza profunda emana del interior de sus esculturas, entrelazándose el espíritu y los sentimientos de las diversas manifestaciones artísticas japonesas que a través del tiempo han permanecido, como es el caso de la pieza en madera titulada Cabeza de 1960, de rasgos casi esquemáticos: labios discretos que no pronuncian palabra alguna, ojos que no miran  ―pero no es necesario― porque todo se encuentra contenido en su interior reflexivo; al mismo tiempo, se destaca su cuello, enormemente largo, como solía realizar sus espigadas piezas escultóricas Wilhelm Lehmbruck.

Al paso de los años en que asumía su experiencia, la figura escultórica desembocó pausadamente hacia la abstracción, fue ganando en profundidad, en capacidad de mostrar a través de formas cada vez más finas y depuradas el resultado de una reflexión profunda; aunque lo figurativo aparecerá esporádicamente a lo largo de su producción. Podríamos ejemplificar esas cualidades de las obras antes descritas con la pieza El hombre y Tláloc (1968) en madera sin ninguna referencia figurativa: es una relación hombre-dios, que se hace presente sólo por la relación entre las formas redondas y la verticalidad de la estela, el juego entre las zonas pulidas del zapote y las partes donde la gubia y el cincel han dejado una evidente huella del artista. Nos parece que es un acercamiento entre lo supraterrenal y lo trascendental; al igual que en el arte precolombino, Takahashi intentó dar expresión plástica al concepto de lo divino hasta donde lo permitiera la condición humana. En la representación del Tláloc prehispánico, los dos anillos alrededor de sus ojos en un inicio eran dos serpientes asociadas con el dios de la lluvia que se convirtieron en su signo; de esta manera, en las representaciones de esta deidad se sustituía con frecuencia su cabeza. En el caso del artista nipón, incluyó en su composición una forma redonda que emula uno de sus ojos.

La escultura Recuerdo de Palenque, bronce y mármol de 1983-1985, es de contenido anecdótico. A este respecto, Shigenobu Kimura señala que “después de contemplar la arquitectura de El templo del sol en Palenque, Kiyoshi comentó: ‘cuando vi al dios en la obscuridad de las sombras, iluminado por los rayos del sol, mi sangre se congeló con terror, y a pesar de que era pleno día, los colores en el aire eran los del infierno’”.(12) Esta apreciación fue motivada por el clima intenso en pleno día que tiene esa región del país. El escultor nipón rindió un culto a la altura, a la verticalidad y a los conceptos técnico-constructivos de los mayas. La pieza está compuesta por bloques rectangulares de contornos nítidos, de muros rectilíneos, con el propósito de capturar el impulso ascensional, pero para Takahashi era necesario aligerar su pieza por medio del uso de oquedades, nichos ranurados, lo que da por resultado una exaltación a la simbología ―la suya y la del arte prehispánico―, sencilla, elegante y significativa.

Una pieza fascinante, soberbia, fortísima y mística, titulada El sol blanco (1986), en mármol, se construye a sí misma, parece que se dobla, que se estructura mágicamente, permite abrirse y cerrarse en un parpadeo estelar, porque ahora la materia tiene vida ―se la ha dado Kiyoshi Takahashi―;  la escultura se resiste a ser solamente una unidad geométrica, una masa de bloque, es precisa y representa el mito de la creación. El sol emite luz blanca, pues ésta se encuentra compuesta por todos los colores del espectro: sería la suma de las culturas precolombinas y niponas.

En 1996 el escultor murió a la edad de 71 años en su natal Japón. Su obra sigue siendo para las nuevas generaciones una fuente de energía, sobre todo para quienes desean enriquecerse con la sabiduría que surge de la verdadera búsqueda del recóndito sentido de las cosas. Además, dejó una “escuela” en la Universidad Veracruzana y un profundo y sincero legado entre sus alumnos y la plástica mexicana de aquella época, que aún pervive y asombra.

 

NOTAS

1. Recordemos la estancia de Tamiji Kitagawa entre los años veinte y treinta del siglo pasado, quien se dedicó a la enseñanza en las Escuelas de Pintura al Aire Libre; de igual forma, podríamos mencionar al estadunidense de origen japonés Isamu Noguchi, quien permaneció casi un año en nuestro país y quien dejó un relieve en el Mercado Abelardo L. Rodríguez, y por supuesto Fujita Tsugharu.

2. Para mayor información véase Kauro Kato, “Acercamiento a la influencia del movimiento muralista mexicano en el arte contemporáneo de Japón”, en www.journals.unam.mx/index.php/crónicas/article/view/17312/16505.

3. Jorge Alberto Manrique ha sido un profundo y sincero admirador del hombre, del artista y de la obra de Kiyoshi Takahashi  a partir de principios de la década de 1960, cuando ocupó el cargo de director de la Escuela de Historia de la Facultad de Filosofía de la Universidad Veracruzana, en Jalapa, de 1961 a 1962.

4. “Escultura de Kiyoshi Takahashi que el gobierno japonés destinó a México”, Excélsior, México, D. F., 4 de agosto de 1975.

5. Rufino Tamayo, folleto de la exposición Obras de Kiyoshi Takahashi, Sala Internacional, Museo Nacional de Arte Moderno, Instituto Nacional de Bellas Artes, 1 al 30 de abril de 1960.

6. Rafael Villar, “Kiyoshi Takahashi”, en Los caminos de la forma y del volumen, México, Gobierno del Estado de Veracruz/Instituto Veracruzano de Cultura, 1996, p. 78.

7. Jorge Alberto Manrique, “Kiyoshi Takahashi en el Museo Tamayo”, La Jornada, Sección Cultura, 9 de agosto de 1988, p. 26.

8. Héctor Gaitán-Rojo, “Monumental e íntima, la obra de Takahashi”, Punto, sección Artes Visuales, 22 de agosto de 1988, p. 30.

9. Patricia Pérez Walters, “Huellas decisivas dejó México en la obra y vida de Kiyoshi Takahashi “, El Sol de México, 14 de octubre de 1988, p. 3.

10. Idem.

11. Idem.

12. Shigenobu Kimura, “Exhibición de antiguas civilizaciones mexicanas”, Journal Tokio, Japón, 1971.

 

 

 

2009-2010.Kiyoshi Takahashi
El hombre y Tláloc
madera, 1968, 145 x 75 x 64 cm.
Col. familia del artista.

Kiyoshi Takahashi
Recuerdo de Palenque núm. 2
1985, mármol y hierro,
142 x 125 x 95 cm.
Col. familia del artista.

Kiyoshi Takahashi
El sol blanco
1986, mármol,
128.3 x 127.6 x 71.5 cm.
Col. Masao Nangaku.

Kiyoshi Takahashi
Cabeza
1960, Madera
46 x 21 x 26 cm
Col. Teiji Sekiguchi