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Arte vulnerado: saqueos nazis durante la segunda Guerra Mundial


El poderío del nacionalsocialismo alemán no sólo se dejó sentir en la conquista de territorios que durante la conflagración mundial puso en jaque a Europa y el orbe entero, sino también en el robo de innumerables piezas artísticas y el intento por parte del régimen nazi de identificar como propio un legado cultural continental, que llegó al exceso de pretender crear un Führermuseum.

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MARÍA TERESA SUÁREZ MOLINA HISTORIADORA DEL ARTE
Investigadora del Cenidiap
tere_suarez_2000@yahoo.com


 

Al visitar los grandes y seguros museos de arte europeos no es fácil imaginar que muchas de las obras maestras que observamos con veneración en numerosas ocasiones han estado en peligro debido a las guerras, los despojos, los hurtos, y fueron vulnerables ante deseos enfermizos de posesión por parte de los poderosos del momento. Es evidente que éstas no tuvieron solamente un mensaje para sus contemporáneos sino que siguieron, con el tiempo, interpelando a cada generación de maneras muy diversas. Muchas de ellas han sido no sólo motivo de identidad o de orgullo por pertenecer a determinada cultura, sino que a veces se han convertido en instrumentos de reivindicación y poder.

Uno de los hechos más dramáticos en relación con los riesgos del patrimonio artístico europeo tuvo lugar durante los inicios de la segunda Guerra Mundial, cuando el Führer se imaginaba el triunfo de Alemania, su control sobre Europa y, con ello, sobre sus tesoros. Como afirma Héctor Feliciano “[…] los nazis saquearon y confiscaron miles de colecciones —públicas y privadas—, incontables obras de arte, millones de libros y manuscritos, innumerables muebles y objetos de arte, ya de forma sistemática y metódica o bien robadas al azar por oficiales y soldados”.(1)

Conforme el ejército nazi fue invadiendo los territorios europeos, se adueñó de los bienes culturales y, en un intento que hoy nos resulta muy retorcido, buscó en ellos una filiación germánica. Por ejemplo, Alfred Rosenberg, fundador de la Liga de Combate para la Cultura Alemana, en su obra El mito del siglo XX (1930) intentaba demostrar que la raza nórdica aria había producido no sólo las catedrales alemanas sino también la escultura griega y las obras maestras del Renacimiento italiano.(2)

En ocasiones había que reescribir la historia o adaptar características o afinidades de los artistas que más atraían al Führer. Por ejemplo, es sabido que entre sus pintores favoritos se encontraban los holandeses del siglo XVII, como Rembrandt van Rijn y Jan Vermeer, quienes estuvieron abiertamente cercanos a la comunidad judía de su tiempo y cuyas pinturas hacen referencia constante a la misma.

Una de las obras maestras que despertó la mayor codicia de Hitler fue El Astrónomo de Vermeer, la cual fue confiscada de la colección francesa de la famosa familia Rothschild poco después de la invasión y ocupación de Francia y llevada al museo Jeu de Paume. La pintura hacía par con El Geógrafo y es de las pocas piezas fechadas por Vermeer (1668); además, ambas se relacionan estrechamente, pues una representa el estudio del cielo y la otra el de la tierra.(3) Por otra parte, la astronomía “era una afición muy común entre los científicos de la comunidad judía, y además, en el fondo del cuadro, Vermeer pintó otro con un tema del Antiguo Testamento: el hallazgo de Moisés por la hija del Faraón”.(4) Muy probablemente este “detalle” pasó inadvertido al Führer, de igual manera que el hecho de que el arte occidental contenga abundantes referencias iconográficas a la historia del pueblo judío.(5)

Por su parte, Rembrant fue un visitante asiduo del gueto judío de Amsterdam y retrató a importantes representantes de esa comunidad; estuvo vinculado a personajes notables del barrio sefardí y gran parte de su obra está dedicada a diversos temas del Antiguo Testamento.

La ocupación, a veces inesperada, de los diversos países europeos: Austria, Holanda, Polonia y, por supuesto, Francia por parte del ejército alemán, puso a los nazis frente a un patrimonio artístico inagotable. En París, desde junio de 1940, “conforme a una lista realizada por conocedores de arte alemanes, los nazis se dirigieron a una decena de galerías importantes de judíos franceses para intervenirlas e incautar todo su inestimable contenido”.(6) En agosto de 1944, cuando el ejército de Hitler se retiró, Francia era el país más saqueado de Europa occidental: más de cien mil obras de arte, medio millón de muebles y más de un millón de libros y manuscritos habían sido robados.

Entre los países invadidos había dos poderosos antecedentes: la destrucción del patrimonio durante la primera Guerra Mundial y, más recientemente, el tortuoso recorrido de las obras maestras del Museo del Prado en 1936, las cuales ante la amenaza de los bombardeos se habían transportado hasta Valencia y, un año más tarde, al castillo de Peralada, cerca de Gerona.(7) Como lo narra Lynn Nicholas: “En un extraordinario esfuerzo internacional, un Comité para la Salvación de los Tesoros del Arte Español, en cooperación con la Sociedad de Naciones […], respaldado por dinero privado reunido en poco más de veinticuatro horas de los coleccionistas de Europa y Estados Unidos, organizó un convoy de camiones para trasladar la colección a Francia”,(8) y por último a la sede de la Sociedad en Ginebra, donde se hizo una exposición, inconcebible por el valor de su contenido en otras condiciones.

Desde principios de 1940, ante la amenaza de la invasión alemana, muchos coleccionistas franceses habían ya descolgado sus cuadros, enrollado, guardado en cajas de embalaje y escondido. Eran los consternados dueños de obras de Jan van Eyck, Jan Vermeer, Rembrandt van Rijn, Diego Velázquez, Francisco de Goya o Pablo Picasso. Cuando los nazis las encontraron, las almacenaron en el museo parisino Jeu de Paume o en el Museo de las Tullerías y allí eran catalogadas, descritas, inventariadas, fotografiadas y despachadas por tren a Alemania, o bien, si no les interesaban, eran cambiadas en el mercado parisino o suizo.(9) Este cuidadoso inventario ha sido una fuente de gran valor para rescatar algunas de las obras desaparecidas, aunque muchas se han perdido para siempre.

Este saqueo permanente no afectó sólo el patrimonio de los judíos franceses, sino parte de su identidad. Más tarde, este expolio se convirtió en una de las mayores acusaciones por parte de los fiscales aliados, a partir de 1945, contra los líderes nazis en el Tribunal de Crímenes de Guerra de Nüremberg.(10)

El objetivo final era el museo de arte europeo que Hitler proyectaba construir en la ciudad austriaca de Linz. El resto del botín iría a formar parte de las colecciones personales del dictador, de Hermann Goering (el creador de la terrible Gestapo y del primer campo de concentración) y de otros dignatarios del régimen, o serviría para decorar las oficinas del partido nazi. Hitler había nacido en la pequeña localidad de Braunau am Inn, a 126 kilómetros de Linz, pero fue en esta última ciudad donde vivió desde pequeño, en la que cursó la escuela secundaria y en la que fracasó en su intento de entrar en la Universidad. Allí también tuvo el primer contacto con las teorías antisemitas que marcarían su futura ideología.

Pero el proyecto de Linz, que abarcaba también teatros y diversas instituciones culturales, nunca llegó a concretarse, aun cuando fue la obsesión del Führer hasta los últimos días de la guerra.(11) Durante años había realizado pequeños esbozos; deseaba convertir esa ciudad en la “Budapest alemana”. En ese soñado museo monumental pretendía alojar las mayores obras de arte europeo y reestructurar toda la historia del arte desde una perspectiva nazi. Fue Hans Posse, antiguo director de la Galería de Dresde, el encargado de formar la colección del Führermuseum, sin ningún “límite para el dinero” y con la posibilidad de aplicar “a los vendedores reticentes presiones de naturaleza poco agradable”.(12) Después de la muerte de Posse, en diciembre de 1942, Hermann Voss se hizo cargo de sus funciones; era también historiador del arte y director del Museo de Weisbaden, aunque no compartía las ideas del partido. Las compras se almacenaron en el llamado Führerbau de Munich, el enorme edificio de las oficinas de Hitler, mientras que las obras de arte confiscadas se guardaron en Austria. A partir de febrero de 1944, y ante el peligro de destrucción por los bombardeos de los aliados, ese enorme patrimonio se trasladó a varios refugios seguros, entre los que se encontraban las minas de sal de Alt Aussee, habilitadas como almacenes subterráneos, “donde las cámaras principales se encontraban a más de un kilómetro y medio en el interior de la montaña, accesible sólo mediante pequeños trenes especiales”.(13)

Las obras que hoy admiramos en los grandes museos europeos hablan de supervivencia. Si en la actualidad fuera necesario trasladar de un lugar a otro, por ejemplo, un Leonardo, se usaría un convoy blindado con aire acondicionado. Pero en ese momento se embalaron en cajas improvisadas, o bien se envolvieron en alfombras y se subieron a camiones o trenes en medio de los mayores peligros. Tendríamos que mirarlas con otros ojos y entender que sus vicisitudes son también parte de su historia, y un testimonio de la forma como han sido valoradas e interpretadas.


Notas

1. Héctor Feliciano, El museo desaparecido. Los nazis y la confiscación de obras de arte, Buenos Aires, Emecé, 2004, p. 11.

2. Lynn H. Nicholas, El saqueo de Europa. El destino de los tesoros artísticos europeos durante el Tercer Reich y la segunda Guerra Mundial, Barcelona, Ariel, 2007, p. 21.

3. Agnese Antonini, Vermeer. L’opera pittorica completa, Rímini, Rusconi Libri, 2005, p. 136. (I grandi maestri dell’ arte)

4. María Dolores Jiménez-Blanco y Cindy Mack, Buscadores de belleza. Historias de los grandes coleccionistas de arte, Barcelona, Ariel, 2007, p. 42.

5. Héctor Feliciano, op. cit., pp. 31-32. Hoy El Astrónomo está en el Museo de Louvre.

6. Ibidem, p. 13.

7. María Teresa Suárez Molina y Guadalupe Tolosa Sánchez, “Salvamento del patrimonio artístico en la guerra civil española”, en Imágenes en guerra. El arte y los debates sociales, México, Cenidiap/INBA, 2007, pp. 109-117. Los estudios de Arturo Coronado Castellary son fundamentales para conocer en profundidad este tema.

8. Lynn H. Nicholas, op. cit., p. 73.

9. Héctor Feliciano, op. cit., p. 16. En particular sobre el saqueo de la colección de Paul Rosenberg: Jonathan Webb, Stolen. The Gallery of Missing Masterpieces, Londres, A Herbert Press/Madison Press Book, 2008, pp. 64-72.

10. Héctor Feliciano, op. cit., p. 18.

11. Uno de los teatros estaba diseñado a semejanza del de Budapest; se iba a construir el “Puente de los Nibelungos” y la “Calle de la Magnificencia”, en la que se levantarían la Ópera y el Museo del Führer. MZR, “Muestran relación de Hitler con localidad de Linz”, El Universal, México, 17 de septiembre de 2008.

12. Lynn H. Nicholas, op. cit., p. 69.

13. Ibidem, p. 377.