Á G O R A • • • • • •
 

Alfredo Dugés
Hylatomus scapularis
acuarela, 1887.

 


La pintura como documento: de Alfredo Dugés a García Guerrero


Bajo el influjo positivista, numerosos naturalistas europeos llegaron a México con el objetivo de inventariar la riqueza natural de este vasto territorio. La pintura fue el vehículo idóneo para registrar gran variedad de especies animales y vegetales, y al rigor científico se sumó el verismo artístico del que abrevaron creadores de la talla de José María Velasco y que ha tenido reminiscencias tan tardías como la obra de Luis García Guerrero.

• • •

ANDRÉS RESÉNDIZ RODEA HISTORIADOR
Investigador del Cenidiap
andrescna@yahoo.com


Para Ángel, Jair y Kenai



El médico francés Alfredo Dugés (1826-1910) llegó a México en 1853 a la edad de 27 años. Atraído por los recursos biológicos inexplorados del país,(1) en 1861 se instaló definitivamente en Guanajuato, donde desarrolló una gran actividad docente y de investigación sobre reptiles, batracios, aves, mamíferos, insectos y flora (en especial de ese estado). Apasionado por la fauna, sentó las bases para el estudio sistemático de la herpetología, incluso fue descubridor de algunos ejemplares de reptiles y estableció un gabinete y un Museo de Historia Natural.

Publicó cerca de 150 artículos y algunos libros que se adoptaron como textos de historia natural para escuelas de Guanajuato y otras entidades del país. Para validar sus hallazgos y refrendar sus cuadros clasificatorios de vegetales y animales, se esmeró en su capacidad para documentar visualmente sus investigaciones. Así, para él fue sustancial desarrollar facultades en el dibujo y el color (que ya en Europa había iniciado) con el fin de representar a los organismos por él descubiertos o analizados de manera efectiva y detallada.

“Muchos de aquellos ejemplares quedaron representados en finas acuarelas, verdaderas obras de arte de estilo realista, algunos de los cuales corresponden a animales y vegetales ya extintos.”(2) Un caso lo constituye el dibujo de la paloma viajera, Ectopistes migratorius, especie extinta en 1914(3) y de la que existe un ejemplar disecado en el Museo Alfredo Dugés de la ciudad de Guanajuato.

El científico francomexicano, gracias a su capacidad para realizar finas y minuciosas imágenes, logró que el detalle de su dibujo posibilitara al público distinguir “la disección de un ejemplar o el análisis de variantes morfológicas” o “un ejemplar de otro de la misma especie”.(4) Este médico naturalista creó imágenes que la fotografía de entonces no alcanzaba a registrar con detalle.

Por su parte, Hermenegildo Bustos (1832-1907), pintor costumbrista contemporáneo de Dugés y de formación autodidacta, también desarrolló su obra en el estado de Guanajuato, de donde era originario. Elaboró retratos en los cuales captó rasgos que otorgan peculiaridad y personalidad a sus personajes. Con ese realismo también produjo su Bodegón con frutas, alacrán y rana, de 1874, donde destacan, por su definición, forma, color y estructura, los ejemplares botánicos incluidos, a los cuales representa mostrando sus características internas y externas. En esta obra alinea frutos y fauna a la manera de un muestrario botánico: “el empleo de un fondo neutro en el que los frutos parecen flotar, es similar a las láminas de un libro de ciencia más que a las fórmulas usadas en el bodegón tradicional”.(5)

Bustos, sin ser científico, revela jactancia por la variedad de los elementos naturales de su entorno, a los cuales representa con apariencia casual pero esmerada en sus detalles. Con ello, el pintor se asomó a la indagación de la ciencia natural y convirtió su trabajo en documento-pintura cercana a la de Dugés.

La fotografía en la segunda parte del siglo XIX aún era incapaz de referir con eficacia el movimiento (el sujeto tenía que permanecer inmóvil durante la toma), tampoco podía proporcionar detalles de los objetos pequeños ni captar las actitudes de los retratados (los estados de ánimo y cualidades psicológicas fueron explorados poco a poco por este nuevo medio), ni mucho menos podía alcanzar el cromatismo que Dugés desarrolló en sus acuarelas (labor básica para la clasificación zoológica).

En un artículo publicado en la revista La Naturaleza, en 1869, ya se veía con optimismo las posibilidades de la unión entre el microscopio y la fotografía,(6) pero por mucho que se enalteciera la microfotografía y la macrofotografía o fotografía de aproximación, estas técnicas tardarían hasta principios del siglo XX en ofrecer resultados satisfactorios en imágenes científicas. Dugés siguió realizando y usando sus acuarelas muchos años después de publicado ese texto, incluso para ilustrar clases y conferencias, además de crear un registro visual para respaldar sus estudios, hasta su muerte en 1910.

Entre las obras que realizó destaca Hylatomus scapularis, de 1887, en la que representa un ave de pico largo y cabeza roja aferrado al tronco de un árbol casi en el momento de alimentarse de un coleóptero que camina por la corteza. Asimismo, se conservan en Guanajuato aproximadamente 350 acuarelas,(7) pero elaboró muchas más que deben estar sin localizar dentro del país y el extranjero.

Dugés constituye el caso especial de un médico naturalista que por necesidades de su profesión se vio impulsado a crear imágenes, documentos visuales que ahora también pueden ser apreciados estéticamente como expresión realista de formas y colores. Se trató de un científico pintor,(8) como lo fue, en la misma época, José María Velasco, quien siendo artista incursionó en las ciencias naturales, e incluso llegó a iniciar proyectos iconográficos para inventariar la flora del Valle de México (trabajo inconcluso, aunque editó dieciocho grabados en tiraje de doscientos ejemplares). Velasco también publicó, en 1878, un texto y dibujos sobre la anatomía y metamorfosis del ajolote: le dedicó un ejemplar a Alfredo Dugés, quien había realizado un estudio semejante.(9)

José María Velasco elaboró ilustraciones para científicos, como Rafael Montes de Oca,(10) y algunos de sus alumnos se dedicaron a realizar acuarelas o grabados para ilustrar trabajos de investigación de botánicos y zoólogos. Entre ellos destaca Adolfo Tenorio, de quien se conservan aproximadamente 2 500 trabajos realizados entre 1899-1912,(11) y Adrián Unzueta, el cual hizo una cantidad aún no determinada de acuarelas para el botánico Manuel Urbina.(12)

Así, existió una amplia demanda a los pintores para documentar iconográficamente la botánica nacional hasta principios del siglo XX. Ello se debió, además del desarrollo insuficiente de la fotografía, a que aún se estaban construyendo los inventarios de botánica y zoología mexicanas; se conocía bastante información y el perfil general del país, pero se desconocían detalles y, sobre todo, faltaba su integración en un atlas nacional confiable que sólo se alcanzaría hasta entrado el siglo XX (compendios botánicos, zoológicos, geográficos, de población, etcétera).

Las acuarelas de Dugés se convirtieron en imágenes-testimonio de la zoología y la botánica, incluso de fauna extinta. En 1860 fue reconocido en los círculos artísticos de Guadalajara al ser nombrado corresponsal de la Sociedad Jalisciense de Bellas Artes.(13) En su obra (y también en la de Hermenegildo Bustos), los pequeños objetos naturales alcanzan en el detalle y color plástico la vastedad de lo esencial y la espontaneidad de la localidad, convirtiéndose en este sentido en obras monumentales y caprichosas para la contemplación estética contemporánea.

La habilidad pictórica de Dugés ejerció influencia mayor en el pincel de uno de los más significativos creadores del siglo XX, otro guanajuatense: Luis García Guerrero (1921-1996). El aprecio y admiración de este pintor por el médico de origen francés se descubre de inmediato por la incorporación de su pequeño retrato en la litografía Naturaleza muerta de 1974-1975, presentado al lado de algunos frutos.

García Guerrero representó objetos orgánicos de su región con la misma exactitud del color y el dibujo que exhibieron Dugés y Bustos. Inspirado en ellos, sintió el afán por el ordenamiento, la clasificación, el inventariado y la disección, arquetipo exploratorio tan característico del siglo XIX. De ellos también tomó la afición por representar vegetales, insectos y algunas piezas minerales; consiguió captarlos con la seducción de una antigua originalidad, como si fueran cuadros-documentos, imágenes-inventario, plástica-memoria.

Durante las décadas de 1960 y 1970, este pintor representó fragmentos minerales; a los vegetales los pintó en gran número de ocasiones de manera aislada (granadas, peras, nabos, alcachofas, higos, mazorcas, espárragos, jícamas, etcétera), pero en otras lo hizo junto a un escarabajo, una abeja, una libélula o un alacrán que surgen junto a unas hojas (con crayones o lápiz en 1974). La gran división elemental de la clasificación natural la sugiere mediante la presentación de un espécimen de cada uno de Los tres reinos de la naturaleza, de la cual se conocen tres versiones: 1970 (óleo sobre madera), 1971 (óleo tríptico) y 1984 (lápiz a color).

En su Alacena con escarabajo de 1966 simbolizó la identidad local mediante la peculiaridad de los frutos, pero también manifestó el tránsito entre la renovación y la finitud, entre el alimento perecedero y la vida, cuando incluye la aparición, como cotidiana, de un coleóptero que se pasea entre los comestibles.

Si para Dugés y Bustos lo preponderante fue el objeto como recuento de los elementos ligados al concepto constructivo de inventario del entorno, para García Guerrero lo primordial es la mirada como fenómeno de investigación. La idea de categorización, de aprehensión, típica del cientificismo del siglo XIX, se subyuga a la intención antiquísima del escrutinio humano. Por ejemplo, en su litografía a color Mariposa, de 1975, nos muestra un insecto no sólo como la imagen-documento de un lepidóptero, sino como la representación de un cuerpo sutil atravesado por un alfiler (la acción punzante para el análisis). A la mariposa la rodea un repertorio de diversos fijadores, que incluyen una aguja y otros objetos metálicos similares; amplificación óptica de la inmolación de un ser, tan aparentemente ajeno a nosotros, donde el registro lo conforman, más que la mariposa, los pequeños objetos puntiagudos con que se pueden asir los insectos para ser observados.

Si bien es cierto que la pintura de García Guerrero se halla entre diferentes influencias y corrientes estilísticas (que abarcan de lo figurativo a lo abstracto, del retrato al paisaje), “se le recuerda sobre todo por sus naturalezas muertas, alacenas, insectos, representaciones de un solo elemento, como mazorcas, cacahuates, limones, peras, tunas, granadas, convertidos en protagonistas principalísimos, cual si fueran personajes”.(14)

La idea de categorización y de intención escrutadora sobre los organismos peculiares no sólo ejerce su influencia en García Guerrero, también, aunque con diferentes características, la recoge otro pintor del siglo XX: Arturo Rivera (1945). Pero no es de Dugés y Bustos de quien retoma la experiencia, sino directamente de otros testimonios obtenidos en su niñez, cuando realizó visitas frecuentes al Museo del Chopo en la capital mexicana, que en esa época estaba dedicado a la historia natural. Fue en este recinto cuando su mirada se “documentó” con fetos, insectos y animales que le mostraron, incluso en disección, el mundo clasificado a la manera de una exposición decimonónica.

De esta manera, Arturo, en su cuadro Homenaje a García Lorca de 1989, nos exhibe frutos, incluso cortados a la mitad (recreando la disección, el análisis y la exploración del interior), pero con flores que hunden sus raíces en un cráneo antropomorfo (binomio vida-muerte que complejiza su símbolo hacia otros rumbos). En otro trabajo, la acuarela El ángel exterminador de 1990, pinta a un joven con un ademán destructor hacia una cabeza envuelta en tela, teniendo como fondo de escena un lienzo con ocho figuras alineadas de escarabajos, hormigas y moscas (orden entomológico) que aparecen junto a una especie de almeja. La intención no es documentar la existencia de esa fauna, sino agregarla como una forma de seducción insólita y extraña ante la mirada adusta del personaje central (el ordenamiento analítico bajo el atisbo escrutador del naturalista). La idea de captura y ordenación que los insectos sugieren con su alineación, se ve reforzada por un anzuelo pendiendo de un hilo en la pared.

Reflexionar sobre la obra de los pintores mencionados en este texto es un ejercicio de memoria sobre la actividad documental del arte para la ciencia del siglo XIX y su significación para los pintores del siglo XX. Es mostrar que el reconocimiento del entorno aún se encontraba en marcha a lo largo del siglo XIX, en una exploración que atenuó las fronteras entre ciencia y arte y reveló la actitud del inventariar como fenómeno primordial y arcaico del conocimiento. García Guerrero evocó este proceso del pintor decimonónico desprovisto de los modernos recursos tecnológicos como un asombro pictórico, primario, ante la naturaleza.

 

Notas

1. Aurora Jauregui de Cervantes y Rafael C. Arvea, Alfredo Dugés, México, Gobierno del estado de Guanajuato, 1990, p. 19.

2. Ibidem, pp. 19 y 68.

3. Ibid., p. 69.

4. Ibid., pp. 96-97.

5. Arturo López Rodríguez, Luis García Guerrero. La belleza especial de las cosas nimias, tesis de maestría en Historia del Arte, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2007, p. 14.

6. “El microscopio y la fotografía aplicada al estudio de las ciencias naturales. Memoria leída por el socio de número, ingeniero Don José Joaquín Arriaga, en la sesión del día 8 de febrero de 1869”, en La Naturaleza, tomo I, México, Imprenta de Ignacio Escalante y Compañía, 1869-1870, pp. 27-36.

7. Aurora Jauregui de Cervantes y Rafael C. Arvea, op. cit., p. 97.

8. Un personaje del siglo XX con aptitudes similares fue Clemente Robles, “médico especializado en fisiología e investigador del Instituto de Biología”, quien realizó algunos dibujos botánicos. María Teresa Germán R., Iconografía botánica siglo XX del Herbario Nacional de México, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Biología, 1995, p. 17.

9. Esperanza R. Vargas Pacheco (comp.) y Claudia Mata Larios (presentación), Catálogo del Fondo Bibliográfico Alfredo Dugés: Biblioteca Armando Olivares, Guanajuato, Universidad de Guanajuato, 1999, ficha 96, p. 18.

10. Rafael Montes de Oca, “Ensayo ornitológico de la familia Trochilidae o sea de los colibríes o chupamirtos de México”, en Elías Trabulse, Historia de la ciencia en México. Siglo XIX, México, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 83.

11. Esperanza R. Vargas Pacheco (comp.) y Claudia Mata Larios (presentación), op. cit., p. 12.

12. Ibidem, pp. 15-16.

13. Aurora Jauregui de Cervantes y Rafael C. Arvea, op. cit., p.68.

14. Laura González Matute, “Luis García Guerrero (1921-1996). Retrospectiva en el Museo de Arte Moderno”, en Discurso Visual, núm. 8, nueva época, enero-abril de 2007. http://discursovisual.cenart.gob.mx.

 

 

Alfredo Dugés
Sarique
acuarela, 1858.

Alfredo Dugés
• Physalia caravella,
pelágica o atlántica

acuarela, 1853.

Hermenegildo Bustos
Bodegón con frutas, alacrán y rana
óleo sobre tela, 1874.


Luis García Guerrero
La ventana
óleo sobre masonite, 1974.


Luis García Guerrero
Lepidóptero (o Mariposa)
litografía, 1975.


Arturo Rivera
El ángel exterminador
grafito y acuarela, 1990.