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Un salón llamado Híjar


A continuación reproducimos el texto leído el 17 de marzo
de 2010 en la Escuela Nacional de Artes Plásticas
de la Universidad Nacional Autónoma de México con motivo de la inauguración del Salón Alberto Híjar.

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ALBERTO HÍJAR SERRANO FILÓSOFO Y CRÍTICO DE ARTE
Investigador del Cenidiap
rojillo74@hotmail.com


Hace un par de años, el Consejo Técnico de la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) aprobó por unanimidad nombrar Alberto Híjar a un salón de materias históricas y teóricas. Por lo visto, la decisión forma parte de un proyecto de designación acorde con la necesidad de dar a entender las líneas de docencia e investigación constructoras de la ENAP.

Es probable que nadie, autoridades, trabajadores administrativos, profesores y estudiantes puedan mencionar alguna obra, una tesis, un autor difundido por mí. Algunas, algunos, me saben contestatario, afín a grupos activistas, pero pocos, muy pocos, conocen los textos y las instituciones transformadas o fundadas por ellos. Por ejemplo, el Curso Vivo de Arte contra la crítica libresca, subjetivista y formalista sustituida por el “estar frente a las obras”. La experiencia pedagógica duró sus buenos veinte años y alcanzó los ámbitos nacional e internacional para formar conocedores del arte moderno que incluyera la arquitectura y el urbanismo, con la adecuada formación de profesores e investigadores que influimos en la Escuela de Diseño y Artesanías, en la de Conservación y Restauración del Instituto Nacional de Antropología e Historia en la carrera de historia del arte de la Universidad Iberoamericana, en el Autogobierno de Arquitectura donde fui fundador y coordinador del posgrado por dos periodos, en el cogobierno de Antropología y hasta en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM donde entré como profesor a solicitud del Comité de Lucha de 1968. Antes serví a la Escuela Nacional Preparatoria cuando intentamos un sindicato de profesores. A los 18 años de edad me inicié como profesor en escuelas privadas.

Historificar la crítica, actualizarla contra el culto al pasado, apropiarse de lo mejor de las ciencias sociales y de la historia con visión internacionalista, enfrentar a las ideologías conservadoras y reaccionarias y a los vanguardismos oportunistas, me trajeron a la ENAP cuando estaba aún en el edificio de la Academia de San Carlos, en el Centro Histórico de la ciudad de México. La generación 65 me enfrentó al pragmatismo artístico al fin transformado para bien del trabajo colectivo y organizado. Las marcas de aquel entonces condujeron a Ana María Iturbe, Raúl Cabello y Manuel González Guzmán para proponer y tramitar la denominación del salón Alberto Híjar. A la sazón, aparecieron relaciones del pasado como la de Gilda Cárdenas, formada en el Curso Vivo de Arte, y la de Renato Esquivel, graduado en filosofía por su participación en un exitoso seminario de tesis. Por aquí topo con Gloria Hernández que ha testimoniado una señal discursiva sembrada en la Facultad de Filosofía: la ironía y el sarcasmo opuestos a los aires doctos. María Eugenia Gamiño a quien serví en sus proyectos de difusión y valoración de la escultura y por aquí los afectos ganados con Mexiac, Moreno Capdevila, López Carmona, de quien hay un libro sin editar. De Mexiac aprendo la dimensión estética, esa construcción técnica de signos libertarios variados tanto como los grabados para el Taller de Gráfica Popular, la xilografía a color o el rostro estupefacto candado en boca, los testimonios de las andanzas con el Instituto Indigenista, las mil ilustraciones de libros de historia, los murales, los compartidos en Corrientes, Argentina, con el esgrafiado de cemento coloreado, nada de lo cual le impide apoyar a perseguidos políticos diversos. De su compañera Patricia Salas que fuera del Grupo Suma, aprendo la constancia documental que hace posible la difusión ordenada de la obra de Mexiac, todo a la par de su trabajo de escultora y promotora cultural. De cuando en vez topo con las presencias de Susana Campos, a cuya formación temprana contribuí antes de que fuera delegada al Consejo Nacional de Huelga de 1968 al lado de Herlinda Sánchez Laurel, delegada de La Esmeralda y hoy decana de la ENAP.

Todo esto a pesar de mi salida en 1977 cuando un grupo de vanguardistas cabilderos sin más argumento que el apoyo represivo de Soberón y Carpizo decidieron liquidar las tradiciones académicas como los oficios del dibujo, la talla y el modelado, la pintura y el grabado, para sustituirlos por técnicas acordes con el cientismo y el geometrismo. Con todo y mi cargo de Consejero Técnico representante de materias teóricas, fui echado por quienes no resistieron la prueba práctica de la educación artística y salieron dos o tres años después para refugiarse como investigadores nombrados fuera de leyes y reglamentos en beneficio de la venta de sus obras para la Ciudad Universitaria.

“Convertir el revés en victoria” ha sido una consigna cubana de resistencia contra la ignominia. Conmigo renunció a la ENAP Rafael López Rangel, a quien sólo conocía por su activismo histórico a favor de la arquitectura y el urbanismo populares y distintos a su reducción faraónica y aristocrática al servicio de las oligarquías. El arquitecto graduado en el Poli (Instituto Politécnico Nacional) rápido se incorporó al Curso Vivo de Arte y luego sería guía principal en el posgrado del Autogobierno y en la Universidad de Puebla. Logramos editar un cuaderno con una de sus investigaciones primeras y prologué su primer libro.

Todo esto luego que en 1965 organizamos en la ENAP un ciclo de crítica a los críticos e historiadores del arte. Teresa del Conde ha destacado esta jornada como fundamento para una historia crítica del arte y la estética. Miguel Ángel Esquivel discute esto en el seminario sobre escritura militante donde participan investigadoras e investigadores de tiempo atrás interesados en la estética y la historia de Nuestra América. La promesa de edición de las conferencias no fue cumplida por la censura y nosotros, los autodenominados Grupo Polignos, porque reuníamos conocimientos diversos, lo publicamos por nuestra cuenta. Quizá lo más escandaloso fue la lectura de párrafos de Crespo de la Serna por Ramón Vargas alternados con párrafos idénticos de Vasari. A mí me tocó criticar a Raquel Tibol y a Miguel Bueno y el repasón alcanzó a los intocables Justino Fernández, Francisco de la Maza, Samuel Ramos y Paul Westheim. Desde su sitial en el Instituto de Investigaciones Estéticas, de la Maza habló con el rector en turno para que se acabara el Curso Vivo de Arte y no se porqué sobrevivimos. Debió contar el apoyo del subdirector de Difusión Cultural Benjamín Orozco, del arquitecto lecourbusieriano Raúl Henríquez que lo siguió y de Pedro Rojas, mi maestro que tanto me patrocinó en Radio UNAM.

De aquí que nombrar Híjar un salón exija reconocer no sólo a mis compañeros de aquellos años: Salvador Pinoncelly, Ramón Vargas, José de Jesús Fonseca, Consuelo Miranda y hasta Oscar Olea, luego integrado como ideólogo del posgrado de la ENAP, refugio de vanguardistas tránsfugas. También habría que reivindicar desde luego a Siqueiros, quien me puso en la lista de quienes debíamos mantener viva su lucha estético-política. Un mes después de su muerte en 1974 sufrí secuestro, tortura y desaparición forzada por la naciente Brigada Blanca y sobreviví gracias a las denuncias variadas que dan cuenta de las relaciones culturales construidas por mi práctica estético-política. Arraigado en el Distrito Federal con fianza luego de mi aparición en Lecumberri como presunto colaborador de las Fuerzas de Liberación Nacional, no pude regresar a Puebla donde Rebeca Hidalgo, Melecio Galván, Raúl Garduño, Jorge Pérez Vega y Arnulfo Aquino fundaron la Escuela Popular de Arte en la entonces combativa Universidad de Puebla. Luego de la criminal represión formarían el grupo Mira integrado al Frente Mexicano de Trabajadores de la Cultura durante las décadas de 1970 y 1980. Triunfaron en la bienal Intergraphik de la República Democrática Alemana con un comunicado gráfico que innovó el uso de la heliografía. En la ENAP Ricardo Rocha fundó SUMA y otros tres integraron Proceso Pentágono con Felipe Ehrenberg para ir a la X Bienal de Jóvenes en París y luego fundar el Frente Mexicano de Trabajadores de la Cultura en 1978. Los ochenta y parte de los noventa fueron años del Taller de Documentación Visual con exposiciones tan rudas que sólo en la vieja academia y con la coordinación del maestro Garibay pudieron ser presentadas con excelentes catálogos. El grupo decidió extinguirse dejando un libro de gran formato con su obra donde me citan entre sus apoyadores.

Bueno sería reivindicar a los historiadores y teóricos de la Academia, la Escuela de Bellas Artes y la ENAP, a propósito del centenario de la UNAM. Podría reeditarse el diálogo entre Pelegrín Clavé y Bernardo Couto elogiando a la Academia eurocéntrica en repudio al horripilante arte prehispánico. Tendría que seguir la reflexión de Siqueiros sobre la huelga estudiantil de 1911 y el lugar del doctor Atl en ella. Debiera seguirse con textos de Fernando Leal y Jean Charlot, el Grupo 30-30, las Escuelas de Pintura al Aire Libre contra el encierro académico. El paso rápido de Diego Rivera por la dirección de la escuela, la discusión de la autonomía universitaria con su proyecto de cursos para trabajadores. Los estudiantes riveristas fueron a dar a la Cárcel de Belén. El dirigente Ignacio Márquez Rodiles, luego de un accidente en las misiones culturales cardenistas perdió los dedos de la mano derecha. Fue crítico de arte, historiador, organizador nacional e internacionalista del magisterio, fundador del Frente Nacional de Artes Plásticas. Le dio al Curso Vivo de Arte dimensión internacional y después de un problema vascular sostuvo desde Puebla una cuantiosa y fundamental correspondencia epistolar conmigo. Con esta tradición ignorada, el 68 no es casual con sus talleres de propaganda con Adolfo Mexiac y Francisco Moreno Capdevila al frente. Siguieron Armando Torres Michúa y Juan Acha por una estética americana y contra el artecentrismo y el estetocentrismo, luego de los golpistas justificados por la ideología cientificista de Oscar Olea con un proyecto de arte urbano estatólatra que dio pie al paro de estudiantes y profesores que exigieron intervenir los planes y programas de estudio. Después, las lecciones de Carlos Blas Galindo iniciadas con recorridos por el ignorado Centro Histórico, de estas lecciones salió un método crítico digno de emulación, luego y a la par de justas críticas de arte y bellas electrografías zapatistas militantes y de otra raigambre conceptual; los textos recientes de Chungtar Chong, el maestro Arreguín, Fernando Zamora Águila, Raúl Cabello homenajeante de la litografía, luego del Taller de Gráfica Espiral que consolidó la serigrafía y de dónde Ana María Iturbe desprendió La ira del silencio hasta reunir a no menos de tresceintos artistas para exponer dentro y fuera de México.

No todo ha de ser meterse a la cocina de las artes, sino también reflexionar sobre ella a la manera de Santos Balmori, heredero de un libro sobre la sección áurea luego de cumplir como excelente artista gráfico con la República española, la Universidad Obrera de México y la revista Lux del Sindicato Mexicano de Electricistas. De la ENAP egresan especialistas tan importantes como la documentóloga Elisa Morales, a la que debo el orden de una parte de mi archivo. Por la ENAP pasó Oscar Menéndez con quien me hermana su importante trabajo de cine documental. Cuentan también los trabajadores no académicos como Domingo, el cuidador de la bodega que ocupaba el piso de debajo de la Academia con quien encontré entre el polvo y las telarañas un bello Rodin de yeso patinado, de dos metros de altura, que me llevé a mi casa, lo expuse en la Casa del Lago, lo regresé porque quise y ahora luce fundido en bronce en el descanso de la escalera del Museo de San Carlos. El maestro Jorge Enciso objetó el descubrimiento porque él formó parte de la comisión que lo recibió en Veracruz en 1921 para las fiestas del centenario de la Independencia.

Con las ediciones sobre la gráfica del 68 coordinadas por Arnulfo Aquino y Jorge Pérez Vega, habría que rescatar performances como los de la crítica Leticia Ocharán y los estudiantes Francisco Bravo, Eréndira Meléndez, Guillermo Morales y Juanito que colocaron antifaces, cinturones, gorritos o botas a las sacrosantas reproducciones de esculturas griegas y romanas y de Miguel Ángel aún en el patio principal de la antigua Academia, todo lo cual les ganó la exigencia de expulsión de la UNAM por el maestro Silva del taller de escultura ante los sorprendentes efectos eróticos descubiertos. La Victoria de Samotracia remataba la pista de un aeropuerto por el que debían entrar los aviadores ovacionados desde el primer piso, todo como homenaje a Los Superpoderosos.

Así podríamos apropiarnos de la reflexión histórica, estética y artística de lo mejor de la producción teórica europea y americana y así probaríamos una tradición reflexiva que no por ignorada deja de ser fundamental para la ENAP. Quedaría claro que un salón llamado Híjar tendría que remitir a todo esto y no a un oscuro y disperso personaje.