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Ramón Alva de la Canal. In memoriam
En 2010 se cumplirá el
25 aniversario luctuoso de este insigne creador. A continuación
un relato que da cuenta de su versátil trayectoria, producto
del inusual ímpetu creativo que lo llevó a ser
uno de los protagonistas de las artes plásticas mexicanas
del siglo XX.
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SOFÍA ROSALES • ARTISTA
PLÁSTICA
Investigadora del Cendiap
sofroja@hotmail.com
Ocaso de un artista
El 5 de abril de 1985, cerca del mediodía,
un hombre de 92 años dibujaba algo que había
estado en su mente desde que era un niño enamorado
de las ferias trashumantes y de los trucos fantásticos:
un títere cuyos hilos eran movidos por el titiritero; apenas
esbozaba lo que tal vez habría de convertirse
en un dibujo elaborado o, mejor, en un cuadro al óleo. Aunque últimamente
había pintado poco por el reposo a que lo tenía
obligado el médico, comenzaba a sentir el calor de la primavera
en los huesos, y los días soleados auguraban mejor clima,
cada vez más lejano del frío invierno.
Los ricos olores de la cocina, donde su hija Rosita trajinaba preparando
la comida, brindaban otro ingrediente a su bienestar.
Así que había tomado papel y lápiz
y, con la experiencia de toda una vida, sugirió formas bien equilibradas
dictadas por una idea ya resuelta en la cabeza. No había
razón para dudar o apurarse. Sólo dejar que
el lápiz se moviera llevado suavemente por la mano que,
en estos menesteres, no temblaba. Haber dedicado toda su vida a
la pintura, al dibujo, al grabado, a impresionantes decoraciones
murales, al diseño y la ilustración, además
de tantas otras actividades creativas, no resultaba mérito
suficiente ante una duda tenaz que lo perseguía, preguntándose: “¿me
he acercado en verdad al Arte? ¿Al Gran Arte? ¿Todo
cuanto he hecho tiene verdadero valor?”
El largo y crudo invierno se había vuelto monótono e insoportable. No podía salir a caminar como antes, tanto porque carecía del vigor de sus años mozos como porque la ciudad se había vuelto peligrosa para un hombre de andar lento. Extrañaba además la compañía de los amigos, otros incansables caminantes, porque muy pocos quedaban con vida y ninguno vivía cerca. Viudo, compartía la cotidianeidad con Rosita y con su hijo menor Jorge y su familia. Sabía que el próximo 29 de agosto todos se reunirían para celebrar su cumpleaños 93, día de gran festejo pues él era el longevo hermano mayor de los cada vez menos Alva de la Canal.
Academia, Estridentópolis, títeres
y muralismo: una vida consagrada al arte
Ramón Pascual Loreto José nació en
Tacubaya en 1892, hijo de un caballero interesado en cualquier
artefacto relacionado con la óptica y en las máquinas
que presagiaban días de mayores descubrimientos: a la fotografía
había seguido el cinematógrafo y don Ramón
Alva Román se metió de lleno en el negocio de importar
proyectores y alquilar películas para exhibirlas en diferentes
cines que administraba. La madre, doña Teresa De la Canal,
era descendiente directa del conde De la Canal, noble español
que construyó la mansión que ocupa un lugar destacado
en el centro de San Miguel de Allende, Guanajuato.
El estallido de la Revolución coincidió con el año en que el joven Ramón ingresó como oyente a la antigua Academia de San Carlos, ignorando los consejos paternos de hacer una próspera carrera mercantil. Cuando el siglo XIX dio paso al XX, el pequeño era monaguillo en el templo de Loreto y, mientras ayudaba a la misa y agitaba el sahumerio, su mente viajaba e imaginaba que de grande iba a decorar los altos muros de la nave mayor. Sin embargo, al comenzar a estudiar pintura aquellas premoniciones quedaron dormidas junto a otros sueños infantiles olvidados. En su niñez también planeaba fugarse con alguna de las ferias que visitaban las plazas de la ciudad para emular a magos e ilusionistas que ahí actuaban. Bajo el exterior de niño sereno, bien portado, bullía una personalidad chispeante, imaginativa y decidida que terminó canalizándose en el arte, aunque jamás olvidó aquella primera fascinación por carpas y circos que, con el tiempo, resurgiría.
Ramón se convirtió en un talentoso
dibujante y pintor, capaz
de reproducir cuanto atraía su atención pero de manera
diferente, mucho más sentida y entrañable, que lo
que había hecho tiempo atrás con la cámara
fotográfica y la de cine mientras ayudaba a su padre. Le
tocó ser alumno en una escuela afectada por dos huracanes
revolucionarios: uno el de la lucha armada, y otro el del hartazgo
ante formas de arte ya caducas y vacías que urgían
ponerse al día en un siglo dinámico y portentoso.
El primer huracán se inició en 1910, el segundo en
1911 con la huelga de estudiantes que cimbró los cimientos
de un orden académico que había transcurrido sin
mayores accidentes desde la época colonial.
El nuevo siglo se manifestaba en los países
poderosos con un desarrollo insospechado que se traducía
en inventos, descubrimientos, fabricación masiva de satisfactores,
formas inéditas de interrelación social y aspiraciones
que antes hubieran estado fuera de lugar pero que ahora consolidaban
la idea de progreso. En cambio, en México el siglo
XX no conseguía vencer la inercia del XIX y aun
de las centurias anteriores. Sin embargo, la idea de “lo
moderno” iba filtrándose como promesa que deslumbraba
sobre todo a las generaciones jóvenes, que anhelaban treparse
en el tren de la aventura y convertirse en ciudadanos del mundo.
Ramón Alva de la Canal poseía un espíritu temerario amante de las novedades, y como parte de un núcleo de jóvenes reacios a continuar quemando incienso en los viejos altares, puso el peso de su entusiasmo para inclinar el fiel de la balanza hacia lo desconocido. En él se encarna perfectamente el pasado volviéndose presente para ahondar en el futuro, alegoría del empuje del espíritu humano que inspira las inconformidades que han llevado al incesante cambio que es la historia de la humanidad.
Los años de la revolución armada
promovieron cambios que modernizarían también las
formas del arte mexicano, aunque en estas trincheras las victorias
fueron imaginativas y gozosas. Nuevas concepciones, nuevos lenguajes
formales, nuevas interrelaciones de los colores, nuevos temas y
propuestas, todo ello buscando que las herramientas del arte pudieran
expresar un anhelo colectivo subyacente que hablara a través
de los jóvenes más intrépidos. El novel pintor
estaba, como parte de una generación impaciente, en la
cresta de la ola que barría con anacronismos, limpiando
el campo de la expresión artística para que surgieran
los brotes de una nueva cosecha.
Al iniciar la década de 1920 la energía colectiva del país comenzó a restañar las profundas heridas del alma nacional. Surgieron entonces por todas partes propuestas creativas para recobrar el tiempo perdido, y el terreno ya abonado volvió a fructificar. Alva terminaba su preparación como artista y las oportunidades comenzaron a presentarse. En 1921 fue nombrado maestro en la Escuela Nacional de Bellas Artes (Academia de San Carlos) ―su alma
mater― como parte del grupo de jóvenes que encarnaban los nuevos enfoques sobre educación de su maestro y director de la escuela, Alfredo Ramos Martínez. A principios de 1922 recibió el encargo del secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, de pintar una decoración mural en la Escuela Nacional Preparatoria, en el antiguo Colegio de San Ildefonso. También habían recibido sendos encargos cuatro amigos cercanos: Fermín Revueltas, el francés Jean Charlot, Fernando Leal y Emilio García Cahero, éstos dos últimos camaradas de muchos años y compañeros de estudios. Diego Rivera, que había regresado de su larga estancia en Europa hacía unos meses, también se estrenaba como muralista con La Creación.
Coincidentemente, el joven Charlot, quien había
arribado en 1921 a nuestro país y a los talleres que estos
pintores tenían en la Escuela de Pintura al Aire Libre de
Coyoacán ―centro de operaciones del grupo juvenil
al que pertenecía Alva de la Canal―, había
despertado el interés de ellos por el grabado en madera,(1)
técnica caída en desuso como medio artístico
desde hacía mucho tiempo en la Academia. Se entusiasmaron,
consiguieron materiales e improvisaron herramientas para comenzar
a labrar lo que en muy poco tiempo se convertiría en una
obra original. Esta inmediatez que no requería de ningún
equipo sofisticado y se imprimía fácilmente desató la
euforia entre los jóvenes creadores.
Alva descubrió su habilidad como grabador
que sabía retirar de la plancha lo superfluo, para permitir
que la pugna entre blanco y negro alcanzara su máximo potencial
y conseguir bellas estampas de gran fuerza expresiva. Después
vendrían
años productivos en los que se conjugó la juventud,
la preparación, la curiosidad, el grupo de camaradas que
captaba toda la energía colectiva y la insuflaba de regreso
en cada uno de ellos, la motivación que bullía en
los propósitos comunes de corte combativo, la libertad
que todavía anteponía ideales y logros artísticos
a otros fines más egoístas o prácticos. Formó parte
sustancial de la vanguardia literario-plástica denominada
estridentismo y produjo obras absolutamente propositivas dentro
de esta corriente innovadora y actualista que marcó,
antes que el muralismo, el despegue de la plástica mexicana
no en una técnica, sino en un lenguaje formal y conceptual
acorde con el siglo XX. Valiéndose preferencialmente del
grabado, dio forma a visiones ya desconectadas del “rancho
grande” y el mexicanismo a ultranza. Sus imágenes,
junto con las de otros artistas de ese frente puntero, conformaron
lo que un gran poeta,(2) amigo
de todos ellos, llamó “la nueva sicología del
siglo”.
Por un tiempo residió en la capital del
estado de Veracruz, la denominada Xalapa-Estridentópolis,
donde además de pintar, dibujar y grabar, ilustró libros
de sus amigos poetas y, sobre todo, se encargó de una revista
que dejaron prácticamente en sus manos y de la cual se convirtió en
editor artístico, diseñador
gráfico, ilustrador, viñetista y cuanto pudiera
esperarse de un artista tan comprometido (y engolosinado) como
era él.(3)
De regreso a la ciudad de México, Alva y sus amigos formaron un combativo grupo que apoyaba la educación artística democratizada contra un enemigo peyorativamente denominado “académico”, que no podía representar más que la estulticia y pudibundez de los eternos enemigos: los pintores de la vieja guardia. Esto quedó inserto en la crisis política que se vivió a raíz del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón en 1928, cuyas políticas culturales desde 1920 habían sido buen cobijo para las actividades de esta generación
de artistas y maestros.
Para Alva, volver a participar con su valiosa
experiencia en la revista del movimiento ¡30-30! fue instalarse
en el ojo del huracán por cerca de medio año,
convertido en uno de los cinco dirigentes del incansable movimiento.
Carteles altisonantes que detonaban en las paredes, rumberas exposiciones,
alegatos y denuncias que la prensa capitalina recogía encantada,
ocuparon los meses que mediaron hasta que Emilio Portes Gil ocupó la
Presidencia de la República y la época de mayor bonanza
del grupo tocó a su fin.
Para temperar este activismo, fueron enviados
a recorrer la provincia como maestros de artes plásticas,
incorporados en las misiones culturales; la medida tuvo el doble
propósito de castigar y desarticular al grupo. Al principio
renuente y dolido, y después cada vez más entregado
al noble trabajo de esparcir las semillas del arte ―y la
conciencia que éste trae aparejada― en los más
humildes surcos, Alva recorrió lugares inmensamente pobres,
apartados y perdidos en el olvido, en una vasta aventura que materializaba
de mejor manera y con menos demagogia el gran ideal revolucionario
y vasconceliano de “el arte para el pueblo”. En todos
estos recorridos aunó su caudal de pintor a sus capacidades
de entretenimiento, manteniendo a los pobladores de estas olvidadas
comunidades atrapados en la magia que desplegaba con su actividad
pictórica, con las historias que narraba y dibujaba al mismo
tiempo y, muy probablemente, hasta usando la ventriloquía
y el manejo de sombras y títeres que tan bien conocía.
Después de contraer matrimonio se instaló de
nuevo en la capital. La pasión desplegada como misionero
no pasó inadvertida, y la Secretaría de Educación
Pública creó un Departamento de Teatro Infantil
donde Alva compartió todo su saber y habilidad con otros
colegas. Pero estaba llamado para otros grandes logros: una noche,
ya acostado, fue llamado con urgencia y llevado casi en pijama
en una motocicleta del Estado Mayor Presidencial frente al general
Lázaro Cárdenas, quien le encomendó la decoración
mural del monumento a Morelos, en la isla de Janitzio, Michoacán.
Empaparse en la vida del héroe, elaborar infinidad de dibujos
y proyectos para cubrir los cincuenta y seis paneles que se distribuyen
a lo alto de los cinco niveles interiores del monumento, diseñar
el andamio para esa labor, volver al buon fresco en el
primer nivel y luego inventar una técnica más adecuada
a la naturaleza de los muros isleños, le llevó cinco
años en los cuales se puso a prueba toda su inventiva. El
resultado fue una impresionante visión de la égida
vivida por José María Morelos y Pavón hacía
más de un siglo.
Alva no sabía aprovecharse de las circunstancias favorables y eso quedó establecido porque, siendo el pintor favorito del general Cárdenas, jamás pidió favores o prebendas que le hubieran facilitado la vida. Terminado el encargo mural volvió a ganarse la vida como maestro de artes plásticas con unas horas en la Escuela Nacional de Bellas Artes y otras en una secundaria que quedaba al otro lado de la ciudad. Los domingos se daba tiempo para ir con su esposa a La Lagunilla a buscar los muebles viejos que fueron formando un atinado y escogido menaje de casa, sólido y nobiliario, que aún hoy endulza las habitaciones con el olor del cedro y la caoba. Seguía pintando por el gusto de hacerlo, y a veces por encargo, dibujando a los alumnos mientras éstos trabajaban en clase o entreteniendo a sus hijos en el teatro familiar La linterna mágica, donde todos ellos aprendieron el oficio de manejadores de títeres. Cuadros muy hermosos y notables retratos de esta época denotan que la mano y el ojo del artista seguían tan alertas como siempre.
Vinieron otros encargos murales, todos para realizarse
de inmediato. Primero fueron dos paneles transportables para el
pabellón de la Secretaría de Educación Pública(4) en
la Feria del Libro y que terminaron en la Biblioteca Cervantes.
Posteriormente, la Secretaría de la Defensa Nacional solicitó una
decoración mural en los Talleres de la Industria Militar
con la urgencia de alguna inauguración solemne en ciernes.
Sin el tiempo que se supone la preparación de estos trabajos
requiere, Alva se abocó de lleno a la realización
de cuatro grandes paneles con el tema de la paz, la guerra, el
dolor y la victoria. Esta decoración no está a la
vista del público en general pues desgraciadamente quedó en
una zona considerada estratégica para la seguridad nacional
y es necesario traspasar varios y rigurosos filtros para poder
apreciarla.
¿Y qué pasó después,
durante los más de veinte años en que Alva desapareció del
paisaje pictórico de la capital? Sencillo: volvió a
Xalapa para encargarse de la educación artística
de la llamada Atenas mexicana. Pero él no estaba interesado
en convertirse en ateniense, sino en regresar a su Estridentópolis
y llevar a cabo un resurgimiento cultural en aquellos lares, ahora
como maestro. Con toda su experiencia en las lides a favor del
arte más propositivo y actual intentó formar un
grupo sólido que pudiera convertirse en punta de lanza
para mostrarle a los aspirantes a pintores, grabadores y escultores
el camino para salir del arte provinciano que aún consideraba
lo académico como único ideal. Sin embargo, nunca
imaginó que el simple hecho de pretender que hubiera una
clase de dibujo de desnudo lo enfrentaría con las barreras
infranqueables de la pudorosa sociedad xalapeña. Tuvo al
principio uno o dos alumnos con capacidades sobresalientes, pero
pobres y necesitados de un empuje que el maestro, con toda su decisión
y buena voluntad, no pudo ofrecer, pues no había habitación
ni material gratuito como había sucedido en la Escuela Nacional
de Bellas Artes y en los talleres al aire libre de su juventud.
De esta manera perdió al
grupo puntero tan necesario para sus planes.
Poco a poco la incomprensión ante sus ambiciosos propósitos fue mellando su ánimo, y terminó convirtiéndose en maestro de alumnos que deseaban pintar pero no convertirse en detractores o profesionales siquiera. Tampoco el grabado volvió a ocupar un lugar destacado en su cátedra ―como deseaba fervientemente― aunque ocasionalmente él y algún discípulo probaran la impresión de un pochoir. También de vez en cuando modelaba algo, pero nada sobrevivió por no haberlo vaciado en yeso. De su talento como escultor quedan pocas piezas que, sin embargo, dan cuenta de su versatilidad creadora.
Su esposa Eloína falleció, lo que
lo confinó al último piso del edificio donde estaba
la escuela. Alguna vez dio conferencias sobre arte, restauró algunos
cuadros de la Universidad Veracruzana y pintó infinidad
de retratos de personajes destacados, de conocidos y de alumnos,
así como innumerables paisajes que captaba desde el privilegiado
otero del que disponía. La gente se acostumbró a
verlo dibujando en su pequeña libreta en una banca del
parque o, sobre todo, sentado frente a una taza de café en
La Parroquia. Al caer la tarde y concluir su tarea, dibujaba, charlaba
con amigos y bohemios y bebía el sabroso elíxir que
lo devolvía idealmente al lejano Café de Nadie y
a sus días estridentistas de los años viente. En
Xalapa concibió y comenzó a pintar su último
mural al fresco en la Escuela de Derecho, pero un cambio de rectoría
desconoció el encargo y el compromiso con el pintor. Indignado,
dejó el muro y retomó el proyecto para sí pintando La
ley y la justicia sobre tela ahulada. Tal vez tenía
en mente que otro rector reconocería la deuda que la universidad
tenía con él y la decoración podría
ocupar el sitio para donde fue creada. Esto nunca sucedió.
Un día le pidieron su jubilación
y regresó a su casa-taller de la capital del país. Quienes
creían
que había muerto se sorprendieron y reconocieron sus valiosas
aportaciones al arte. La Academia de las Artes lo nombró académico
de número y pudo bromear a gusto diciendo que al final
se había convertido en lo que detestaba, un pintor académico.
Recibió el premio Taller de Gráfica Popular y se
le organizaron varias exposiciones. Hubo entrevistas publicadas
y participó en mesas redondas y en variados homenajes.
El hijo pródigo había vuelto a casa.
Epílogo
El 5 de abril de 1985 Ramón Alva de
la Canal obedeció a la picazón de su ánimo
lúdico
e ingenioso, y detrás de la figuras del títere y
del titiritero esbozó otra casi imperceptible sombra. Siempre
había sido el titiritero manejando hilos, insinuando ideas
para que otros las llevaran a cabo, gozando tras bambalinas del
eco que levantaban sus travesuras juveniles y daban lucimiento
a quienes las realizaban, dando forma a protestas y escándalos
de los grupos a los que perteneció, pero conservando el
anonimato al diluir su protagonismo. Así, al dibujar al
hombre de los hilos se autorretrataba y al tiempo conservaba el
misterio. ¿Qué pasó por su mente cuando casi
inadvertidamente esbozó la sombra principal? ¿Se
preguntó algo? ¿Sus preguntas encontraron repentinamente
una respuesta? La luz se intensificó tanto
que los objetos empezaron a desdibujarse, aunque no soltó el
lápiz ni su cuaderno. Su hija
llegó atraída por un inexplicable
sentimiento…el maestro acababa de morir.
Notas
1. Charlot trajo consigo un Vía Crucis, álbum con quince impresiones grabadas en madera que mostró a los jóvenes de Coyoacán y que sería el inicio del resurgimiento de esa técnica. A partir de entonces, la xilografía tuvo grandes repercusiones en el desenvolvimiento del arte en México.
2. El poeta Manuel Maples Arce inició el movimiento literario de vanguardia llamado estridentismo a fines de 1921. Poco después se fusionó con propuestas de artistas plásticos que prestaron la potencia de las imágenes pictóricas, escultóricas y, sobre todo, gráficas, a este movimiento para formar un bloque inconfundible que marca un capítulo decisivo en la renovación del arte mexicano.
3. El grupo de estridentistas que se estableció y transformó a
Xalapa en la vanguardista Estridentópolis publicó,
como parte de un programa de divulgación del gobierno progresista
del general Heriberto Jara, la revista Horizonte, de
la cual aparecieron diez números (cada uno con un suplemento
musical también ilustrado) entre 1926 y 1927. Alva de la
Canal, auxiliado por un impresor, se encargó de la parte
gráfica y operativa.
4. El Departamento de Bibliotecas de la Secreatía
de Eduación Pública le encargó dos murales
transportables que formarían
el pabellón que esa dependencia presentaría
en la Feria del Libro. Después
fueron instalados en la Biblioteca Cervantes, en el callejón
de La Esmeralda, en el centro de la ciudad de México. Nadie
sabe a la fecha si fueron retirados de la ruinosa biblioteca afectada
por el sismo de 1985, o si se destruyeron.
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