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Intervención de Luciano Matus en el patio oval del Museo Nacional de San Carlos, 2005, ciudad de México.
Foto: Carla Verea.

 

 

Instantes suspendidos: Luciano Matus en el Museo Nacional de San Carlos


En 2005 y 2007 el edificio que alberga el Museo Nacional de San Carlos fue intervenido por Luciano Matus, lo que evidenció la apertura y versatilidad que se le ha otorgado a este recinto para también mostrar manifestaciones artísticas contemporáneas. Las intervenciones en el patio oval otorgaron un aire de ligereza al añejo inmueble, y la percepción de sus formas cambió al ser observadas a través de finísimas retículas de metal; hilos que se tocaban sin enredarse, colocados unos al azar y otros con base en la geometría. Así, en lo que fue la casa del Conde de Buenavista, aristócrata novohispano, el paso del tiempo se evidenció y provocó la convivencia de dos instantes: la arquitectura centenaria y el “efecto” provocado en los espectadores, quienes transitaron el espacio y lo pudieron mirar renovado.

SUSANA PLIEGO QUIJANO HISTORIADORA DEL ARTE
supliego@gmail.com


 

Las intervenciones del arquitecto Luciano Matus (México, 1971) involucran una reflexión sobre vestigios materiales elegidos por su historia, importancia en el devenir humano y trascendencia en la arquitectura mundial. A través de estas creaciones, discierne acerca del efecto que el tiempo y las acciones del ser humano producen en los espacios arquitectónicos, subrayando la relación que existe entre una construcción y los diversos eventos que influyen en su historia. Sus obras incorporan desde la visión de los proyectistas y constructores hasta la comprensión de las edificaciones en su estado actual; el encuentro del espectador con la obra de arte y la emoción estética lograda a través del tránsito por un espacio intervenido y, por lo tanto, resignificado.

Los ejercicios de Matus sobre la posibilidad muestran que no hay una verdad absoluta, ni una manera “correcta” de ver, sino que existen múltiples e infinitas opciones de relacionarse con la realidad que nos rodea. Asimismo, nos enseñan que lo que se observa depende del punto de vista, desde un sitio y un momento específicos. Los hilos de níquel que emplea conducen la mirada del observador a ciertos sitios específicos que el artista subraya. Acentúan esquinas que generan espacios, techos que nunca existieron, ruinas de lo que alguna vez fue, momentos en que la presencia del visitante irrumpe el espacio arquitectónico… el paso del tiempo y su registro fuera y dentro del ser humano. La iluminación es fundamental para la apreciación del ejercicio al generar una especie de entendimiento topográfico que cambia de acuerdo con la ubicación desde donde se contempla.

 

Vacío y posibilidad

Primer ejercicio, 2005
La primera intervención en el Museo Nacional de San Carlos se realizó con cables de níquel que tejieron una red suspendida para cubrir el patio oval del edificio. Este  elemento añadido a la estructura arquitectónica ayudó a la comprensión del espacio al definir un límite que no aprisionaba pero que, sin embargo, afectaba la percepción. El inmueble se tornó ligero, mientras que la red de cables evocó alguna estructura celeste. Esto permitió una colisión de la memoria (tiempo humano) frente a la eternidad (tiempo divino), lo cercano y lo lejano: la intervención se convirtió en interlocutor entre las dos esferas. De esta forma se dio una revelación de la existencia finita del ser humano versus la duración del edificio y, finalmente, lo eterno.

El objetivo fue resignificar el espacio a través de la instalación de redes de cables que contribuyeran a la comprensión del espacio y a la posibilidad existente dentro de cualquier persona o vestigio material. La disposición podía en un momento parecer fortuita, pero mostró un estudio geométrico minucioso, un orden dentro del desorden aparente. El viento, la lluvia y hasta los movimientos de las personas provocaban actividad en los cables, lo cual, a su vez, producía sonidos y visiones diversas, anclando al espectador en el momento presente, requiriendo de todos sus sentidos para la apreciación total de la obra.

La red cambió momento a momento, la lluvia, las gotas que se quedaban suspendidas de los cables, las sombras que provocaban la luna y las luces de la ciudad, generaron una experiencia única para cada individuo y en cada momento, al lograr una reflexión sobre el tiempo, la memoria histórica del edificio y las sensaciones generadas en el visitante. La iluminación emergió de varios puntos cuidadosamente elegidos para dar un efecto de bóveda, uniendo visualmente la red de cables con el horizonte celeste. Por momentos los hilos creaban diversos puntos intercalados, estrellas brillantes parecían aparecer y desaparecer de acuerdo con la luz, el aire y la mirada.

 

Segundo ejercicio,  2007
Cubriendo el patio oval del Museo Nacional de San Carlos colgó una discreta red de cables que construyeron una especie de retícula que dejaba pasar la mirada del visitante hacia el otro lado del patio y hacia la bóveda celeste. La red formada en la primera intervención ha dado de sí, haciendo énfasis en el efecto del tiempo transcurrido entre ambos momentos. Al tejerse los hilos formaron una concavidad esférica que parecía caer del cielo hasta el punto en donde se pudo tocar. La silueta de la red se dejó ver y por momentos se ocultó, dependiendo de la iluminación, el aire y las personas que la tocaron. Los cables acentuaron algunos rasgos y subrayaron el efecto que tiene el tiempo sobre la realidad a la vez que crearon un juego simbólico en el que el cielo se volvía accesible.

El espectador fue inducido a transitar el sitio para observar la obra desde diversos puntos de vista. Mediante el uso de recursos poco convencionales, como carritos para que las personas se tiraran en el piso y se deslizaran para observar el movimiento de los reflejos y brillos cambiantes, subir las escaleras y mirar la red ya distendida desde arriba, contribuyendo con la mirada a evidenciar la fuerza del tiempo que pasa. Otra forma en la que el cambio de visión fue inducido por el artista fue a través del uso de espejos redondos que provocaban un juego de traspaso de límites entre realidades diferentes y únicas, pero a la vez parte de un mismo todo. Al mirar a través del espejo y al volver la vista directamente a la obra, se accede a realidades diferentes, y provoca que el observador tome conciencia de las diversas posibilidades que se abren con el sólo hecho de cambiar el sitio desde el que se observa.

 

Antecedentes

Las intervenciones en el Museo Nacional de San Carlos son parte de un proceso de reflexión más amplio. Es interesante volver a las obras que las antecedieron en las que el artista irrumpió con telarañas metálicas viejos recintos de cemento y piedra: en la ciudad de México, el templo de San Agustín y el templo de Santa Teresa la Antigua (donde hoy se encuentra X-Teresa Arte Actual), así como el convento de Santo Domingo en Oaxaca. En estos sitios, Luciano Matus utilizó cables de níquel e imanes para que los visitantes a los diversos recintos realizaran un ejercicio de “reconocimiento del espacio”.

Los cables se interrumpen en ciertos momentos y se tensan por la fuerza de atracción que ejercen dos imanes esféricos ubicados con cercanía, pero sin tocarse, al dejar un aparente vacío entre ellos que no es sino el lugar denominado por el artista como la “posibilidad” que existe entre dos fuerzas, “el instante previo en el que todo puede suceder”, el momento entre la vida y la muerte. La fuerza que sostiene los hilos tensados es invisible, es la energía magnética del universo. Cables e imanes también fueron parte de las obras en espacios museísticos realizados en el Museo de Arte Moderno y en el Museo de Arte Carrillo Gil, ambos en la ciudad de México.

Más adelante transfirió sus obras de espacios diseñados específicamente para albergar obras de arte a otros considerados como patrimonio cultural de la humanidad, para lo cual realizó una serie de intervenciones en países de Latinoamérica denominadas Reconocimiento del espacio II. El tránsito incluyó Antigua, Guatemala; Cartagena de Indias, Colombia; Lima, Pisco y Cuzco, Perú; misiones jesuíticas en Paraguay,(1) para culminar en Madrid, España. El objetivo permanecía: involucrar al espectador en un recorrido por los espacios arquitectónicos y resignificarlos con una nueva mirada, a través de redes que alteran la manera en la que se observan y se aprehenden los recintos.

En Cartagena de Indias, a finales de junio 2003, la “telaraña” de hilos se expandió a edificios no tan cercanos entre sí pero que se relacionaban en cuanto a que se encontraban en proceso de restauración o reactivación. Se trató de un recorrido que salió de la iglesia de Santo Domingo a la calle e incluyó edificios por los cuales Luciano fue colocando cables y otros objetos como pedazos de madera suspendidos, producto del caos de la restauración. El itinerario finalizó en el Museo Naval, donde los cables tensados provocaron una corrección óptica que prolongó la línea del horizonte marino que se dejaba ver a través de una ventana al fondo del edificio.

La reconstrucción con cables de techos o bóvedas que habían dejado de existir o que nunca existieron nació en las intervenciones en las misiones jesuíticas de Paraguay. En Jesús Tavarangüe, con las líneas pretendió reconstruir lo que nunca fue, ya que los jesuitas fueron expulsados de Paraguay antes de terminarla. Por su parte, la colocación de cables en el techo de la Misión de la Trinidad fue una alusión a lo que existió en algún momento, ya que esta construcción sí tuvo techo, pero su condición actual permitió al artista completarla. En Casa de América en Madrid se realizó un recuento del recorrido latinoamericano que incluyó cables utilizados en algunas intervenciones, así como documentación y fotografías del proyecto.

De vuelta en la República Mexicana, ahora en Calakmul, Campeche, Matus exploró los vestigios materiales de los mayas, utilizando objetos y plantas encontrados en el lugar en un proceso que incluyó tres pasos: ubicar, encontrar y resignificar. Los trabajadores que laboraron en la restauración del sitio arqueológico ayudaron al artista a suspender de los árboles ramas con botones de posibles orquídeas en otra manera de mostrar “lo infinito de la posibilidad”. Las orquídeas colgadas actuaron como filtro que otorgó una sensación de ligereza a los restos de las construcciones mayas, al mismo tiempo que su reubicación permitió una visión diferente de la zona arqueológica. Las intervenciones de Matus continuaron en el Museo Experimental El Eco y en Casa Barragán, ya en la capital del país, en las que se exploró la esquina como generadora del espacio.

Estas obras evocan a Henri Bergson, cuando sostiene que existe un proceso mediante el cual los “[…] nervios aferentes que transmiten conmociones a los centros nerviosos, luego nervios eferentes que parten del centro, conducen conmociones a la periferia, y ponen en movimiento las partes del cuerpo o el cuerpo entero”.(2) El cerebro es una especie de oficina telefónica central constituyendo un centro en el que la excitación periférica se pone en relación con el órgano de reacción elegido para ejecutar un movimiento.(3) La percepción se mezcla con recuerdos provocando asociaciones de ideas, las cuales, a su vez, producen toda una serie de respuestas en el cuerpo. Los cables de níquel de Matus recuerdan estas relaciones nerviosas: partiendo de un punto definido, un hilo lleva a uno distinto, y éste a otro, en un recorrido que podría parecerse a estos “cables telefónicos” que conectan punto a punto y que parecen no tener fin, hasta que un par de imanes señalan un alto que regresa, a veces, al punto de partida, un instante impregnado de posibilidad. En cada recorrido, el espectador tiene una experiencia distinta y personal. Sus propias rememoraciones emergen al tiempo que la luz, el agua, los reflejos y la presencia de otras personas modifican la percepción.

 

El tiempo, la memoria y la posibilidad

El trabajo de Luciano Matus se adscribe a la corriente de fines del siglo XX ubicada dentro del arte intelectual. Puede verse como una reflexión sobre el cambio, la duración, la memoria, la trascendencia y el olvido. De acuerdo con Henri Bergson, la duración es continuidad de tiempo y espacio; la verdadera realidad del tiempo es su duración. La conciencia viva de los hombres es duración, es decir, tiempo vivido, personal e inconmensurable. Y durar significa transcurrir y pasar, pero también permanecer. La memoria bergsoniana es un rasgo vivificante que inserta al sujeto fragmentado en la continuidad, entendida como recuerdo. No hay percepción que no esté impregnada de recuerdos. El pasado trae al presente su duración. Es por esto que bastan solo unos instantes de emoción estética para justificar algo bello, ya que esta emoción permanece en la memoria y por lo tanto dura. “Sensaciones, sentimientos, representaciones, tales son las modificaciones entre las cuales mi existencia se reparte y que matizan mi existencia sucesivamente: cambio, pues, sin cesar”.(4) Modifico, pero permanezco, por lo que cualquier evento que haya producido una sensación o emoción, cambia al receptor para siempre. La vivencia viene del pasado al presente por un acto de rememoración y de asociación con recuerdos pasados y percepciones actuales, completa la experiencia presente y de este modo, dura; su existencia queda justificada(5) tal y como la famosa magdalena mojada en una taza de té proustiana provoca vínculos entre el instante presente y el pasado.

El artista apuesta a la impronta en la memoria del espectador, en la belleza provocada por un instante que rompe la cotidianidad, que detiene la vida del sujeto y lo invita a hacer una reflexión de su propia existencia, del instante presente y, muy probablemente, de vínculos con su propia historia o la del sitio intervenido al mirar el pasado tal y como es revivido en el presente. Los imanes de Matus evocan el instante suspendido entre la vida y la muerte, el que encierra toda posibilidad: “el punto en que concurren el lugar y el presente”, como lo llama Gaston Bachelard.(6) Es sólo en ese instante que el espectador podrá acceder a su propia memoria y a la duración que se percibe a través de cada momento vivido. Como explica Bachelard, “la memoria sólo guarda el instante”.(7) Sin embargo, el placer de un instante tal vez me lo revele una visión, una sensación o un sonido que vincule mi ser a otros momentos ya vividos. El espectador participa de esta manera en la obra, la experimenta y crea su propia visión.

Las intervenciones de Matus son una reflexión sobre el instante y la duración que se genera al mirar, recorrer, reconocer y resignificar un espacio arquitectónico, y al hacerlo, actualizarlo y vivir la posibilidad que existe en un momento determinado. Sus obras nos invitan a reflexionar sobre el instante en el que tiempo humano y tiempo divino coinciden. Tal fue la sensación producida en el patio oval del Museo Nacional de San Carlos.

 

Notas

1. Olivier Debroise acompañó a Luciano Matus en el recorrido por Latinoamérica y coordinó la edición del libro Luciano Matus, Turner, 2004,con textos de Gustavo Buntix, Olivier Debroise, Natalia Majluf, Rosina Cazali, Viviana Kuri Haddad, Patricia Sloane, Luciano Matus y Cuauhtémoc Medina.
2. Henri Bergson, Materia y memoria, ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu, Buenos Aires, Cactus, 2006. p. 34.
3. Ibidem, p. 45.
4. Henri Bergson, “Evolución Creadora”, Oeuvres, Edition du Centenaire, París, PUF, 1959,  p. 495. Henri Bergson, Materia y memoria, op. cit., p. 48.
5. Henri Bergson, Materia y memoria, op. cit., pp. 77-78.
6. Gaston Bachelard, La intiuición del instante, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, p. 28.
7. Ibidem, p. 35.

 


Intervención de Luciano Matus en el patio oval del Museo Nacional de San Carlos, 2005, ciudad de México.
Foto: Carla Verea.



Intervención de Luciano Matus en el patio oval del Museo Nacional de San Carlos, 2007, ciudad de México.
Foto: Carla Verea.


Intervención de Luciano Matus en el patio oval del Museo Nacional de San Carlos, 2007, ciudad de México.
Foto: Carla Verea.
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Intervención de Luciano Matus en el patio oval del Museo Nacional de San Carlos, 2007, ciudad de México.
Foto: Carla Verea.