TUTELA ESTATAL Y NUEVAS TENDENCIAS / 1950-1960
Sol Álvarez / Investigadora del CENIDIAP


El panorama cultural en México en las décadas de 1950 y 1960 fue de cambios relevantes y de constante transformación, lo cual rompió –sobre todo en los sesenta– con la larga tradición de tutela estatal a la escuela mexicana de pintura, que figuraba como la tradición artística nacional.

Palabras clave:política cultural, INBA, escuela mexicana de pintura, ruptura, muralismo, figuración, abstracción, salones de artes plásticas


En la década de 1950 hubo en México una serie de cambios en distintos sectores de la vida del país. Durante el sexenio alemanista (1946-1952) la política económica abrió sus puertas al sector privado nacional y posteriormente a las inversiones extranjeras, en especial a las provenientes de Estados Unidos.
En materia política, el discurso nacionalista que difundió el gobierno comenzó a sufrir contradicciones durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958), al mantener, por un lado, el afán revolucionario de décadas anteriores y, por otro, al apoyar la intervención de capital extranjero que brindó una alternativa económica, a pesar de contravenir la retórica nacionalista.

Transformaciones en el arte
La afluencia de capital extranjero influyó en la organización institucional y en los objetivos de varias dependencias gubernamentales. Entre ellas, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) adoptó un nuevo rumbo en su política cultural.(1) Dos factores fundamentales fueron protagonistas en este proceso: el primero, la influencia de nuevas corrientes plásticas que provenían del extranjero; el segundo, la creación de la jefatura del Departamento de Artes Plásticas del INBA y su desarrollo a partir de 1957, tiempo en el que Miguel Salas Anzures lo dirigió.
La influencia de la corriente abstraccionista se propagó desde finales de la década de los cincuenta en México. La explicación historiográfica de este fenómeno cultural abarca dos posturas contrarias; una parte de que las nuevas corrientes plásticas surgieron a raíz de una necesidad interna, mientras que la otra afirma que fueron introducidas. La primera se basa en la idea de que el país tenía, en esa época, un destino encaminado hacia el progreso material y económico, el cual exigía una apertura en las artes plásticas; ésta se dio gracias a que el ámbito cultural no era tan estrecho como se pensaba y a la “consolidación de las corrientes opuestas a la escuela mexicana”.(2) Quizá, más que la oposición de ciertas corrientes frente a la escuela mexicana de pintura se dio frente a la tutela estatal, la cual favorecía sólo a pocos. La segunda postura, propuesta por Shifra Goldman, expone el surgimiento de nuevas corrientes plásticas en este país como una consecuencia de la lucha que se libraba en Estados Unidos, con fines de neutralización política, en los comienzos de la Guerra Fría (abstraccionismo vs. realismo socialista), postura que fue acogida en México.(3) El papel que tuvo el expresionismo abstracto en Estados Unidos con relación a la Guerra Fría es analizado por Serge Guilbaut, en De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno, donde explica cómo una corriente de vanguardia fue utilizada con fines políticos;(4) de acuerdo con esta tesis y la influencia de Estados Unidos en México, es comprensible la adopción de nuevas corrientes plásticas por artistas mexicanos.

Muralismo vs. nuevas corrientes
En sexenios anteriores, la pintura mural había ofrecido al gobierno un sustento a la retórica nacionalista. Las figuras más conocidas de la Revolución, los caudillos, la exaltación de la sociedad prehispánica, los movimientos obreros, la reivindicación campesina, se mitificaron en los murales.
Las nuevas tendencias en el arte implicaron una ruptura, no sólo por propagarse entre los pintores jóvenes, sino porque en un momento dado el INBA las apoyó. Las instancias oficiales se dividieron entre mantener el viejo modelo de tutela estatal y responder a las demandas de los nuevos pintores, sus galeristas y la intelectualidad más joven.
En los años cincuenta y sesenta proliferaron las galerías privadas, especialmente en la ciudad de México,(5) debido en parte a que la burguesía y la clase media apoyaron la comercialización del arte y se integraron a una cultura internacional.
La situación política del arte en México durante estas dos décadas se caracterizó por la constante oposición entre artistas jóvenes y el INBA. Los nuevos artistas fueron apoyados por las galerías privadas; sin embargo, existía un conflicto dentro del mismo Instituto, que se centró en torno a la labor de Miguel Salas Anzures. Esta polémica se desató en gran parte por su decisión de introducir exposiciones del extranjero y que en apariencia dejó de lado la retórica nacionalista del arte figurativo, en especial la del muralismo.(6) Las exposiciones introdujeron nuevas corrientes entre los artistas mexicanos, que al poco tiempo se difundirían más.
Salas Anzures fungió como jefe del Departamento de Artes Plásticas entre 1957 y 1961.(7) Parte importante de su labor fue la organización de dos Bienales Interamericanas en México, enfocadas a la divulgación de nuevos géneros y artistas plásticos. En este tiempo se creó, asimismo, el Salón Anual de Pintura y Grabado y se construyó el Museo de Arte Moderno.(8) Celestino Gorostiza, nuevo director del Instituto, ratificó a Salas Anzures en su cargo.(9) Con la labor de este funcionario el Estado comenzó a aceptar públicamente las nuevas corrientes y a pensar en éstas como parte de la modernidad cultural que se desarrollaba en México.
Las corrientes adoptadas por jóvenes artistas, consideradas por varios investigadores como un movimiento de ruptura con relación a la escuela mexicana de pintura, quizá no implicaron realmente una ruptura. Es necesario analizar cuáles fueron los postulados de la Escuela Mexicana de Pintura para evaluar si las tendencias emergentes rompieron con éstos y si introdujeron nuevos postulados teóricos que respaldaran su obra. Una vez más es necesario preguntarse si las nuevas corrientes plásticas se postulaban en realidad contra la tutela estatal para unos cuantos, y no contra el muralismo; es decir, no se trataba de una querella entre el arte mural y la pintura de caballete, ni entre figuración y abstracción, sino más bien de una postura frente a la política cultural que el Estado manejó hasta el final de los cincuentas. Un movimiento que surge al comienzo de la década de los sesenta es Nueva Presencia;(10) a pesar de que su importancia no es muy relevante en la historia de la plástica en México y que no perteneció a lo que se conoce como movimiento de Ruptura, se presenta como una de las primeras formas que se toman como indicio de un cambio en las manifestaciones artísticas, sobre todo por encontrarse desligado de los procesos que la política cultural emanaba, en otras palabras, era una manifestación independiente, no oficial.
Así surgiría el movimiento de Ruptura, que se postularía como el parteaguas entre dos formas distintas y opuestas no sólo en cuanto temas, técnicas, formas, sino en cuanto a su relación con la política cultural adoptada por el Estado mexicano. En 1956 José Luis Cuevas lanzó su manifiesto personal La cortina del nopal.(11) Con este escrito se enfrentó a la política cultural nacionalista y hegemónica que apoyaba a la escuela mexicana. Mucho se ha hablado sobre si la verdadera razón de Cuevas fue la de darse a conocer al atacar al único blanco seguro; independientemente de esa discusión y de que el artista fuera amalgamado más adelante por nuevas políticas estatales, lo cierto es que abanderó una nueva postura, el comienzo de un movimiento que quizá no terminaría sino hasta el 68.

Salones de artes plásticas
Para el Estado resultaba difícil desligarse de las nuevas corrientes,(12) si quería dar una imagen modernizadora a través del arte y obtener una posición internacional en la cultura, pero sobre todo porque si las dejaba de lado, implicaba la exclusión de formas plásticas vigentes cuya existencia en nada dependía de la política cultural centralista y de esa forma su hegemonía sobre la plástica se vería fragmentada.
Celestino Gorostiza, durante su cargo como director del INBA, procuró elevar la política cultural de México al nivel de los países adelantados. Su idea principal era que las bellas artes formaban una parte fundamental en la educación nacional. Por ello se empeñó en conseguir mayor presupuesto para la cultura y en promover las tradiciones artísticas de México.
El 10 de septiembre de 1959 se inauguró el Primer Salón Nacional de Pintura. El primer premio fue otorgado a Pedro Coronel, el segundo a Luis Nishizawa, el tercero a Jorge González Camarena y el cuarto a Leonora Carrington. Celestino Gorostiza dice en sus Discursos de Bellas Artes que, en este salón, los jueces tuvieron una predilección por pintores compatibles con la escuela mexicana.(13)
Las dos exposiciones más representativas de los años sesenta fueron el Salón ESSO en el MAM y Confrontación 66, debido a la polémica que crearon.(14) Los sucesos del Salón ESSO comenzaron con la convocatoria, emitida por Carmen María Barreda por encargo del INBA y de la OEA. Se trataba de un concurso para artistas entre 21 y 40 años; al primer premio corresponderían 20 000 pesos, y a los segundo y tercero 15 000 pesos cada uno. El mayor interés que tenía este concurso era que las obras premiadas participarían en el Salón Interamericano, en abril de 1965, que tendría lugar en la sede de la Unión Panamericana en Washington (en el 75 aniversario de la Cooperación Interamericana), lo cual significaba una gran oportunidad para cualquier artista que buscara difundirse.
El Salón ESSO en el MAM fue el último de estos salones que se realizaron en distintos lugares de América Latina. Dio pie a un escándalo que se inició con la inconformidad en cuanto al nombramiento del jurado: en un principio, el jurado de México estaría compuesto por dos representantes del INBA y dos de la OEA; sin embargo, al final fue integrado por Rufino Tamayo, Mathias Goeritz, Ricardo Martínez, Carlos Orozco Romero, Justino Fernández, Jorge Juan Crespo de la Serna, Juan García Ponce y Rafael Anzures. Quienes no asistieron a las reuniones de trabajo para la selección y premiación fueron Ricardo Martínez y Crespo de la Serna; Mathias Goeritz sólo estuvo en el proceso de selección.(15)
Las diferencias entre los miembros del jurado salieron a la luz con la discusión entre Rufino Tamayo y Justino Fernández, la cual tuvo su origen cuando este último propuso como primer lugar el óleo sobre tela Mimetismo de Benito Messeguer. Este cuadro fue catalogado por el jurado como neohumanista y “[...]se le atribuía a Tamayo el haber dicho que él jamás premiaría un cuadro de esa tendencia”.(16) Justino Fernández cedió con la condición de que el Museo de Arte Moderno adquiriera el cuadro por recomendación del jurado. El primer lugar se destinó a Fernando García Ponce por Pintura 1-63 (óleo sobre tela), el segundo lugar a Lilia Carrillo por Seradis (óleo sobre tela), el tercero a Olivier Seguin por Brote (piedra gris) y el cuarto a Guillermo Castaño por Luzbel (bronce).

El día de la inauguración del Salón ESSO, Messeguer reclamó su premio públicamente al director del INBA, José Luis Martínez.(17) La indignación de algunos fue tan grande que comenzaron a aventar “jaibolazos”.(18) Las protestas se dirigieron también hacia Juan García Ponce por haber premiado a su hermano Fernando. José Gómez Sicre, encargado del área de Artes Plásticas por parte de la OEA apuntó:

Cuando se escriba la historia del arte contemporáneo en Latinoamérica, los historiadores tendrán que distinguir dos periodos: pre-ESSO y post-ESSO. Para mí esta serie de salones constituyen un evento sin precedente en la historia de Latinoamérica. Es el primer impulso que se da a los pintores y escultores jóvenes de América para que obtengan reconocimiento continental.(19)

Otro salón que creó polémica en la década de los sesenta fue el Salón de las Confrontaciones o Confrontación. Para entonces, el director de Artes Plásticas del INBA era Jorge Hernández Campos y el titular del Instituto seguía siendo José Luis Martínez. El propósito del evento, que se planeó desde septiembre de 1965, era adquirir obras de calidad de distintos estilos y tendencias para confrontarlas entre sí y de esta forma mostrar al público de México los distintos géneros que se practicaban en el arte. Era por demás sabido que el público se sentía atraído por la pintura nueva de los artistas jóvenes, por lo tanto Confrontación 66 lanzó una convocatoria únicamente para dicha generación.
Se decidió que no se entregarían premios, no se trataba de un concurso de arte, sino de una confrontación que tendría por objeto hacer un balance de la pintura contemporánea. Este criterio se tomó, quizá, para evitar conflictos similares a los que habían ocurrido en el Salón ESSO en el MAM. En ese sentido, esta vez se creó desde el proyecto una selección para los miembros del jurado conformada por cuatro pintores y cuatro críticos, entre los que figurarían los que más habían atacado al Instituto Nacional de Bellas Artes en los últimos tiempos. Los pintores de la selección tuvieron derecho a exponer tres obras, mientras que el resto de los pintores tuvo derecho a cuatro.
Se propusieron los siguientes artistas para el comité: Benito Messeguer, José Luis Cuevas, Vicente Rojo (o Manuel Felguérez) y Francisco Icaza. Los críticos propuestos fueron Antonio Rodríguez, Juan García Ponce, Berta Taracena (o Beatriz Reyes Narváez o Raquel Tibol) e Ida Rodríguez Prampolini. Asistieron a la primera reunión, el 27 de octubre de 1965, Antonio Rodríguez, Manuel Felguérez, Francisco Icaza, Mario Orozco Rivera, Juan García Ponce, Benito Messeguer, José Luis Cuervas, Raquel Tibol, Vicente Rojo y Alfonso de Neuvillate.
Antonio Rodríguez se indignó ante la presencia de Juan García Ponce, ya que éste le recordaba los penosos sucesos del Salón ESSO. Todos los seleccionados se enfrentaron en las reuniones sucesivas hasta el momento en que salió la convocatoria.
Los conflictos de Confrontación 66 no sólo se manifestaron en el interior del comité. El 6 de diciembre de 1965, varios pintores enviaron una carta al director del INBA en la que declaraban su apoyo a la exposición, pero manifestaban también su desacuerdo en cuanto a la selección del comité organizador, con excepción de Raquel Tibol y Juan García Ponce:

[...] pensamos por lo tanto que para que esta Confrontación resulte justa, el criterio de selección debe encomendarse a personas dedicadas con seriedad al estudio y crítica de las artes plásticas, con más razón a quienes se reconocen como serios y conocedores, tales como Justino Fernández, Francisco de la Maza, y jóvenes como Alberto Híjar o Salvador Pinoncelly, y no quienes adoptan invariablemente actitudes polémicas parciales e inmaduras.
Los artistas que tomarán la Sala de Honor, cuya lista no conocemos completa todavía, que son pintores que han influido grandemente en el desarrollo de la pintura mexicana, podrían en unión de los críticos participar en la selección de obras. De este modo el evento sería amplio y se evitarían las protestas que seguramente surgirán cuando se difunda más ampliamente la constitución del equipo que actualmente trabaja. De esto vendría a resultar que la Confrontación sería un acontecimiento libre de suspicacias, inconformidades, envidias y malos entendidos, factores que desde hace tiempo entorpecen y desvirtúan los certámenes relacionados con la plástica en México.(20)

Las décadas posteriores
El pluralismo que se buscó en los concursos y salones de arte durante la década de 1960, sobre todo en Confrontación 66, tuvo resonancia en los concursos de arte de principios de los ochenta. Cuando en esta época más reciente se percibieron contradicciones e insuficiencias en la enseñanza de las artes plásticas, se recurrió de nuevo al mecanismo probado en los años sesenta: los salones y los concursos. Esto será claro en la mutación del Salón Nacional para Estudiantes de Artes Plásticas al Encuentro Nacional de Arte Joven.Este último es resultado de los mecanismos de los sesenta en varios aspectos: no se limita a las escuelas de arte, a las que se percibía como decadentes; ha buscado como mecanismo de legitimación, la pluralidad en su selección; su discurso público ha evitado cuidadosamente el conflicto entre corrientes, suponiendo la armonía del conjunto. En los años sesenta había pluralidad por la diversidad existente entre puntos de vista; en los concursos de los ochenta hubo pluralidad de obras, pero no tantos puntos de vista divergentes en el discurso político.
Las nuevas corrientes cuestionaron la política cultural centralista y, de alguna forma, implicaron una descentralización forzada, que por supuesto no provenía del Estado sino de movimientos independientes. Así, por más que durante los sesenta el Estado intentara amalgamar, por medio de concursos y reconocimientos oficiales, a los representantes de las nuevas formas plásticas, ya era demasiado tarde y difícilmente lo logró, de hecho las rencillas en favor o en contra al otorgar algún premio se vislumbran como índices de una hegemonía perdida, de un control perdido. La idea alemanista(21) no sólo había quedado atrás, sino se realizaba como una forma política inoperante ante una situación nueva: los jóvenes no sólo no necesitan al Estado para manifestarse culturalmente, sino que además se postulan en su contra.

Notas
1. Frérot, Christine, El mercado de arte en México 1950-1976, México, Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (cenidiap), Instituto Nacional de Bellas Artes (inba), Artes Plásticas, Serie Investigación y Documentación de las Artes, Segunda Época, 1990, p. 36.
2. Ibid., p. 33.
3. Rita Eder problematiza la postura de Goldman. Véase, “La joven escuela de pintura mexicana: eclecticismo y modernidad”, en Ruptura 1952-1965, Catálogo de la exposición, Museo de Arte Alvar y Carmen T. de Carrillo Gil. Museo Biblioteca Pape, inba-sep, México, 1988, p. 47. La postura de Shifra Goldman se encuentra en su libro Contemporary Mexican Painting in a Time of Change, Austin and London, University of Texas, Press, 1981.
4. Serge Guilbaut, De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno, editorial Mondadori-Grijalbo, Barcelona, 1989.
5. Catálogo de las exposiciones de arte en 1967, de Justino Fernández, Suplemento núm. 37 de los Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, 1968.
6. Miguel Salas Anzures organizó en 1960 la exposición Realidad y Abstracción, la cual fue rechazada por el resto de la Jefatura de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes; él fue obligado a renunciar en marzo de 1961. Sin embargo, renunció después de haber organizado la participación no oficial de ocho pintores con cuarenta telas en la Bienal de Sao Paulo, entre los cuales están Vicente Rojo, Enrique Echeverría, Alberto Gironella, Vlady, Manuel Felguérez. Ello permitió por primera vez la entrada a una exposición colectiva en el extranjero a pintores no figurativos mexicanos. Con este acontecimiento se dio la intervención del organismo fundado por Salas Anzures en 1960: el Museo Dinámico (Museo sin muros). Véase, Christine Frérot, Op. cit., p. 201, y Miguel Salas Anzures, Textos y testimonios, México, Imprenta Madero, 1967.
7. Frérot, Christine, Op. cit., pp. 39-40.
8. El Museo de Arte Moderno se inauguró el 20 de septiembre de 1964.
“Se trabajó intensamente en la preparación del Nuevo Museo de Arte Moderno, cuyo edificio fue inaugurado por el señor presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos, el día 20 de septiembre del corriente año.
Se presentaron en el ámbito adecuado las obras mejores, a juicio del Consejo Técnico, de los pintores, escultores, grabadores y dibujantes mexicanos en lo que va del siglo. [...]
El edificio principal se adapta a la forma que los espacios libres le permiten y consta de dos plantas: El cuerpo de la galería, de forma circular, está a 50 metros de distancia y el terreno destinado para ambos es de 36,528 metros cuadrados, incluyendo edificios y jardines. La superficie del Museo tiene 6,647 metros cuadrados y la galería 1,411 metros cuadrados”.
Véase, Memorias del Instituto Nacional de Bellas Artes 1958-1964, p. 72.
9. Desde 1957 Miguel Salas Anzures realizó un arduo trabajo con el fin de promover el arte moderno en México; para ello, orientó la política cultural hacia el extranjero, organizó intercambios de exposiciones con otros países. "Así, para Salas Anzures, que concibe el arte, con esta bella fórmula 'como una penetración que deja cicatriz en la historia' se trataba de combatir la parálisis y el conformismo, es decir, enfrentarse sin tregua a la resistencia y a la oposición de los medios oficiales conservadores. Véase Frérot, Christine, Op. cit., pp. 40-41.
10. Nueva Presencia dura dos años, de 1961 a 1963. Su idea y dirección se deben a Arnold Belkin y Francisco Icaza. Véase, Goldman, Shifra, Pintura mexicana en tiempos de cambio, IPN-Ed. Domés. Para Goldman los integrantes de Nueva Presencia vinculan la política con el arte y compara el movimiento con el de la Escuela Mexicana de Pintura en sus comienzos. Es necesario recalcar la relevancia de la obra de Shifra Goldman en la historiografía del arte contemporáneo en México. Son pocos los estudios que existen sobre el tema, lo cual hace de esta investigación una aportación valiosa, además de enfatizar la relación entre arte y política, punto central en su análisis histórico. Goldman comienza hablando del muralismo y el entorno en el que se desarrolló como movimiento artístico poseedor de una fuerte carga intelectual ante el Estado mexicano posrevolucionario, y abarca también el movimiento Nueva Presencia en la década de los sesenta. Propone en ambos temas una relación “entre la expresión social y la personal”. Sin embargo, existe una gran diferencia entre los dos movimientos; diferencia que recae en una contradicción, precisamente en cuanto a sus ideas sobre la vinculación social de los movimientos plásticos.
Una característica que tuvieron en común el movimiento muralista y el grupo Nueva Presencia es que establecieron sus principios mediante manifiestos. Ambos textos tienen un efecto en relación con el contenido de las obras que legitiman; es decir, su producción se encuentra íntimamente relacionada con los principios del texto; sin embargo existen diferencias notables en el contenido de uno y otro: la Esculela Mexicana fue academicista mientras Nueva Presencia repudió lo académico, su tendencia fue más bien expresionista y su temática se refirió a los horrores de la guerra, la pobreza, la injusticia.
11. Fue lanzado en el suplemento cultural del periódico Noverdades, “México en la cultura”, que editaba Fernando Benítez. Más tarde utilizaría este texto en contra de los integrantes de Nueva Presencia.
12. Entre las nuevas corrientes internacionales que llegaron a México se encuentran: informalismo, expresionismo abstracto, abstraccionismo geométrico, neofiguración. Véase, Christine Frerot, Op. cit., p. 63.
13. Gorostiza, Celestino, Discursos de Bellas Artes, Instituto Nacional de Bellas Artes, Departamento de Literatura, México, 1964, p. 46.
14. Una de las fuentes más importantes que retoma estos dos temas, y los estudia en relación con las políticas culturales en México durante la década de los años sesenta, es el libro de Raquel Tibol, Confrontaciones, crónica y recuento. Se trata de una recopilación de artículos hemerográficos de la época, realizados por diversas personalidades, entre las cuales encontramos periodistas, artistas y críticos de arte; estos artículos son unificados por el relato de Tibol, quien a través de su visión particular, lanza al lector a un recorrido por las exposiciones, los salones y eventos, revelando anécdotas sobre los pleitos característicos de la política cultural.
15. Tibol, Raquel, Confrontaciones. Crónica y recuento, ediciones Sámara, México, 1992, p. 20
16. Ibid., p.21.
17. Fue director entre 1964 y 1970. Véase, Memorias del Instituto Nacional de Bellas Artes, Op. cit.
18. Vasos llenos de whisky, agua mineral y hielo. Véase, Tibol, Op. cit., p. 22.
19. Idem.
20. Tibol, Confrontaciones..., Op. cit., p. 43-44.
21. Hay que tomar en cuenta que personajes como Salvador Novo, integrado a la política cultural oficial en el comienzo del alemanismo, consideraron plausible la represión del 68.

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